Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 30/09/03

 

Angel Pascual Rodrigo

Oriente y Occidente




Una de las preguntas más importantes que tiene planteada la historia de la cultura es por qué causa o razón la cultura oriental —China, India Japón— quedó estancada. Me refiero, claro está, a la cultura técnica. La cultura china que había exportado a Europa en los siglos X y XI elementos tan importantes como la tinta, el papel y la pólvora paró su capacidad inventiva y desde entonces el único elemento que ha exportado es su porcelana y cuatro baratijas. Algo parecido podríamos decir del Japón hasta que se occidentalizó y se convirtió en una potencia industrial en la fabricación de aparatos ópticos, electrónicos etc.

Quien mejor ha respondido a la pregunta que formulaba al principio ha sido probablemente el gran sinólogo Joseph Needam que apuntó que fue la filosofía oriental la que produjo el citado retraso. La tradición judeocristiana apostó por conocer las entrañas de la naturaleza y por sacar un rendimiento económico de sus secretos. La química, la física, la mecánica la agronomía fueron las bases del crecimiento del capital y de la burguesía. La filosofía oriental aprendió a mirar la naturaleza con otros ojos: no quiso explotarla, sino que admiró su perfección y reverenció los momentos mágicos que esta naturaleza ofrece al hombre. La belleza y no la productividad fue la norma de Oriente Esta visión de la materia no produjo máquinas de vapor, ni electricidad pero creó un tesoro de figuras poéticas y plásticas. Uno de estos pintores y grabadores que mejor supo captar los momentos efímeros pero inolvidables en que la naturaleza parece rozar, como si fuera un pluma de ave, nuestro interior humano es Ando Hiroshige. A él está dedicada la exposición que Ángel Pascual Rodrigo presenta estos días en la Galería Vanrell.

La cultura occidental, ya lo he dicho, siguió otros derroteros. La cantidad de conocimiento sobre la naturaleza que ha conseguido era realmente inmensa, pero estos conocimientos —que la tierra no es más que un pequeño planeta de una galaxia sin demasiada importancia, que el hombre es una especie que, como todas, surgió por casualidad, que la vida de unas especies deriva de la muerte de otras— fueron minando cualquier filosofía que diera sentido a la vida humana y menos aun a la muerte. Hubo un pintor nacido en Dvinsk , en la que era Rusia y ahora, si no me equivoco, es Letonia, que emigró a Estados Unidos y que se enfrentó a este sin sentido de la vida occidental y a la muerte. La búsqueda, cada vez más austera, de la luminosidad fue su arma. Fue una batalla hermosa en que los colores luchaban unos contra otros desprendiendo luz. Esta lucha transcendía al exterior del cuadro que era cada vez más sintético y con colores más oscuros hasta limitarse, al final, al gris y al negro. La muerte le ganó, sin embargo, la batalla y Rothko acabó suicidándose. He oído dos interpretaciones interesantes acerca del suicidio de Rothko. Una procede de mi admirado y también suicida Richt Miller que decía que Rothko no se suicidó, sino que lo mataron los directores de la Galería Malboroug para aumentar el precio de sus obras. La otra versión es de un amigo pintor y estudioso que dice que lo que le mató fue la pintura acrílica, porque es casi imposible que el acrílico desprenda la luz que con trágico afán buscaba un de los grandes padres de la pintura abstracta. Hace unos años pude convencer a unos amigos más cultos para que me acompañaran a París a ver ganar el Gran Premio de América a Moni-Maker. A cambio me pidieron que visitara una antológica dedicada a Rothko. Fue una exposición que me sobrecogió. Siempre les agradeceré su sugerencia aunque ellos nunca me han dado las gracias por haber tenido la oportunidad de ver en directo a la yegua que mejor ha trotado del mundo. A Rothko —fíjense bien— está también dedicada la exposición de Angel Pascual Rodrigo en la Vanrell.

Me parece que les he dado las claves más importante para que puedan observar y gozar los cuadros del pintor zaragozano residente en Campanet. En un mismo cuadro a veces en superficies separadas encontraran esta tensión entre la delicadeza del arte japonés y la superficie monocromo aunque conseguida con muchas pasadas que prosigue la lucha en favor de la luz y en contra de la muerte. La lucha de Rotkho. Es una tensión que Ángel Pascual nos ofrece para enseñarnos un nueva forma de contemplar el paisaje mallorquín. Pero las partes monocromas expiden más —me guardo la causa— luz que las del propio Rothko. Los paisajes de Pascual Rodrigo equivocan los sentidos y mirándolos se puede oír rumores de agua o de hojas de caña; La piel se nos puede humedecer con la bruma salada de cala Murta, los arboles huelen y los ocasos parecen preceder el de la muerte definitiva. A veces uno tiene la impresión de que es el paisaje es el de la Mallorca musulmana, pero podría ser que fuera nuestra mirada la que se ha impregnado de la mirada poética que los islámicos trajeron de Oriente a nuestro mundo occidental. Yo no creo —ni deseo— que a Ángel Pascual Rodrigo le pase como a Rothko, pero, de todas formas, yo les aconsejo que si tienen posibilidades le compren un cuadro. Yo ya lo he hecho. Lo hice con el dinero que me dieron por una yegua que no llevaba el camino de convertirse en Moni-Maker.