Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 29/11/04

 

Joana Ferrer

lo innato y lo aprendido


Respetado lector debo decirte que este es el segundo intento de confeccionar un texto sobre la pintura de Joana Ferrer. El primero no fue de su agrado. No has, ni ha, de tener ninguna preocupación por ello: hace tiempo que Borges me enseñó que el oficio de escribir estaba hecho de fracasos y humillaciones. Joana me dijo que el texto era demasiado explícito. Llevaba toda la razón. Espero que ahora sabré decir las mismas cosas con más discreción. Decía, en la primera prueba, que creo que hay dos preguntas que debemos contestarnos aquellos que como yo y Joana hemos apostado por la racionalidad. La primera es de que lado estamos, si de parte de los débiles o de los poderosos. Intento en mi caso que sea del costado de los primeros pero no siempre tengo la valentía para ser coherente con mi creencia o decisión. En el primer escrito yo decía que estaba seguro que Joana estaba también entre aquellos que intentaban favorecer a los desheredados. Ahora debo ser menos rotundo y cambiar mi seguridad por la sospecha y evitar nombrar los hechos que apoyaban mi certeza. El texto sale así más liviano.

La segunda pregunta es la de cuanta importancia damos a la educación para modelar nuestra personalidad o, dicho de otra manera: hasta cuanto influye en nuestra manera de ser lo que nos han enseñado. Yo debo confesar que cuando era joven y progre daba toda la importancia a la educación y restaba casi toda la importancia a los cromosomas. Mi creencia estaba basada en la enorme influencia que habían tenido sobre mi mentalidad mi madre, mi maestro, el profesor López Piñero y los autores que había tenido la fortuna de leer. El tiempo ha ido matizando mi opinión y ahora observo a mis amistades y a mi mismo y no puedo dejar de pensar en que la hipótesis contraria —la que da mucha importancia al ADN— tiene múltiples hechos que la apoyan. Una de las experiencias favorables a la teoría de la importancia genética, —nuestro cerebro tendría condiciones innatas— la tuve no hace mucho cuando vi por primera vez los cuadros de Joana Ferrer. Debo confesar que yo iba a verla sin demasiadas expectativas. Me había llamado su marido —Gabriel Morell y me había dicho que su mujer tenia una gran afición por la pintura y yo creí que se trataba de una pintura dominguera que tendría que salvar por su carácter naïf . Nada más lejos de la realidad: lo que encontré fue una pintora hecha y rehecha. Una pintora que con humildad decía que se lo debía todo a su profesora. Una pintura que en cuestión de seis meses había recorrido todos los pasos que van de un postsorollismo agraciado, al duro expresionismo americano. Los cuadros que me mostró Joana bien podrían ir firmados por Pollock, Rotko, o Sean Scully. Y la enorme sorpresa vino cuando Joana me aseguró que no conocía estos nombres, ni, por supuesto su pintura; que su evolución había ido encauzada únicamente por su maestra y por lo que sentía en su interior. Yo —no tengo porqué negarlo— creí que me estaba tomando el pelo e incluso me mostré un poco impertinente cuando le contesté que yo acudo al barbero cuando lo necesito, pero que mi frágil cabellera no debe estar expuesta ni a fatuos ni a mentirosos. Afortunadamente Joana tuvo la paciencia necesaria para soportar mi incredulidad. E inoportunidad. En la charla posterior pude captar el carácter de Joana y les puedo asegurar que no recurrió nunca a la mentira ni ala impostura. Yo pensaba ¿dónde llegará Joana si en menos de un año pinta cuadros que a mi parecer podrían estar en cualquier museo dedicado al expresionismo? Para los que duden de la sinceridad de Joana Ferrer les diré que el hecho de rehusar mi primer texto prueba con creces que no va con pamplinas Mi texto no le gustó y me dijo. Lo encontró excesivamente laudatorio y demasiado explicito. Espero que esta segunda vuelta haber sido menos explicito y menos laudatorio. Si lo he conseguido, o no, es a ustedes a quienes toca juzgarlo.