Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 28/11/03

 

José Aranda

el paraíso no existe



“Dime con quien andas y te diré quien eres” o “no n’hi ha dos que s’assemblen que no s’arrepleguin”, que decimos en nuestra lengua propia. Y es verdad cuando uno se vuelve mayor se da cuenta que las influencias más profundas, aquellas que han modelado nuestra manera de ser no se deben tanto a nuestros maestros, ni amistades sociales, ni a las lecturas. Las influencias más profundas son las de las pandillas sobretodo si como fue en mi caso uno es de los más jóvenes y aspira a parecerse a los más mayores. Yo no conozco mucho la biografía de José Aranda pero me da la impresión de que anduvo mucho tiempo buscando compañeros para formar una pandilla pero o no tuvo suerte o fue demasiado exigente: quería amigos que tuvieran un bondad natural y que fueran fieles a sus principios: que no se vendieran. Los persiguió en Barcelona, en Madrid, en París, en Nueva York y se llevó algunos desengaños. Conoció pintores que decían perseguir el compromiso y la experimentación y cuya principal preocupación era mantenerse en una buena colocación en este “ranking” que los críticos y los galeristas establecen.

Al no encontrar lo que deseaba en el mundo urbano y desarrollado viajó África en busca de una sociedad en donde supuestamente reinara el primitivismo y la ingenuidad. En París había sido asiduo del Museo del Hombre y se había imaginado que podría existir un mundo natural y bueno. Sin mercantilización y sin explotación. Fue a Etiopía y Eritrea y encontró un mundo tan cruel o mas que el nuestro. Unos hombres desamparados y unas tierras que parecían haber perdido el sentido. Ahora inundadas y poco después desérticas. Donde el agua se escapaba por sitios inverosímiles. Un paisaje abstracto, con noches estrelladas y mares rojos, con espejismos palpables y realidades diluidas. Con unos hombres, unas mujeres y unos animales absolutamente resignados y melancólicos. Unos hombres que dejan pasar el tiempo sin concebir ninguna esperanza. Que viajan en una barcaza absortos, escuálidos e impasibles. Este mundo africano lo reflejó con fuerza en sus telas y en sus papeles.

Pero Aranda seguía en pos de una pandilla que estimulara su imaginación y le aumentara las ganas de vivir. ¡Y por fin el gran milagro! Descubrió que esta pandilla estaba muy dispersa y que algunos miembros incluso habían fallecido. Sería por tanto una pandilla imaginaria que estaría compuesta por un único amigo cercano —Antonio Saura— y por esta basca imaginaria que formaban Soutine, Kokoscha, Van Gogh, Miró, Picasso, Munch, De Kooning, etc. Si fuéramos los propietarios de un restaurante y viéramos entrar a esta banda seguro que no les daríamos mesa, aunque nos la pidiera Aranda, que es sin duda el más elegante de todos ellos. Los demás los confundiríamos con pedigüeños. Seguramente no nos daríamos cuenta que se trata de una pandilla de príncipes, es decir de aquellos que no aceptan ninguna otra autoridad que la suya propia ni ninguna otra ley que la que ellos dictan.

Yo me imagino que cuando Aranda pinta se debe sentir rodeado de estos amigos a los cuales no quiere esconder ni ocultar los consejos que le dan. Uno de ellos es que sea auténtico, que sea sincero y que sea capaz de respetar y, al mismo tiempo, ridiculizar la pintura anterior a él. Es lo que intenta y en muchas ocasiones consigue hacer Aranda. Que como buen romántico creyó que ea el capitalismo el que estropeaba el mundo, después pensó que era la humanidad entera el que lo afeaba y ahora ya empieza a creer que es el mundo en su conjunto el que está mal hecho. Esta desazón la comparte con la citada pandilla de amigos.

Yo creo que, cuando acaba alguno de estos cuadros en los que consigue expresar con maestria —Aranda sabe bien su oficio— su desacuerdo con el mundo, incluso, a veces consigo mismo, la juerga que debe armar con su pandilla debe ser monumental. Si me invitaran asistiría aunque fuera solo para tocar el bombo.