Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 16/01/04

 

Miguel Llabrés

Una pintura apesadumbrada




Es muy probable que el nombre del primer pintor mallorquín del que me aprendí su nombre fuera Miquel Llabrés. En mi casa había mucha más afición a la literatura que a la pintura y teníamos un biblioteca decente, pero los cuadros eran regalos de aficionados o alguna reproducción de algún cuadro religioso. Pero mis padres tenían algunas amistades que a veces nos visitaban en Son Ferriol. Eran unas personas que vivían en Palma i que pertenecían a este pequeño circulo que iba a conciertos i visitaba, de vez en cuando, alguna exposición. Yo les oía hablar y casi todos ellos mostraban una gran admiración por un pintor que se llamaba Miguel Llabrés, al que habían comprado —lo decían con alegría y enorme orgullo— algún cuadro. Su insistencia era tan grande, que yo me llegué a sentir algo acomplejado porque mis padres no compraran ningún Llabrés. Después —mucho después— leí los magníficos trabajos de Pierre Bordieu sobre la distinción social y el papel que en ella juega poseer pintura y comprendí mucho mejor aquellas conversaciones. Los precios que estos amigos decían que habían pagado por los cuadros me parecieron astronómicos aún que en aquel entonces no se utilizaba esta adjetivo. No quisiera equivocarme pero es posible que un cuadro de Llabrés superara en mucho a los ingresos mensuales que nosotros teníamos que no estaban mal: mi padre era médico y mi madre maestra nacional. En todo caso nunca compramos ningún Llabrés. Cuando yo luego me aficioné a la pintura y con la ayuda de Gabriel Janer Manila, Tomas Horrach o Joan Vich pude contagiar a mi padre de esta afición o vicio. Pero con nuestra prédicas mi progenitor ya no compró ningún Llabrés, sino Damià Jaume, Ulbricht, Richt Miller, Cittadini, Manolo Boix i un Tàpies. Voy a poner un adverbio que me duele, pero que no puedo evitar: afortunadamente.

Sí, me he atrevido a decir afortunadamente porque después de contemplar la antológica de Llabrés que se muestra en Sa Nostra yo creo que si me hubiera tocado en herencia —soy hijo único— algún cuadro suyo, hoy difícilmente lo mantendría colgado en mi casa como tengo a los demás. He dicho que me dolía decir eso porque las veces que he tratado con la mujer y la hija de Llabrés, las dos Alicias, siempre han sido de una extraordinaria amabilidad, pero no quiero que la cortesía y el agradecimiento que les debo me impida expresar mi pensamiento. Yo les tengo decir que en principio me gusta más la pintura alegre que triste, pero yo he comprado pintura triste o si quiere cargada nostálgica como algún cuadro de Damià Jaume o agresiva como la de Richt Miller pero es que la pintura de Miquel Llabrés además de triste me parece desangelada y técnicamente con algunas deficiencias. Es posible que esta pintura desanimada refleje un poco el ambiente de la Mallorca del franquismo, pero en que esta misma época pintaba Joan Miró, el propio Cittadini o Juli Ramis para no quedarme con un sólo y excelso ejemplo. Es posible que la mala salud de Llabrés que no conozco, pero sé que murió joven, influyera. Entonces repetiré lo de siempre: que maldigo las leyes de la naturaleza y quien —si es que hubo alguien— las creó. Pero la explicación más plausible es que Miquel Llabrés tuviera una reacción contra el fauvismo que podría representar Ramon Nadal, Tarrassó o Coll Bardolet y con el temor de parecerse al Titi —recuerdan aquello de “me llaman el colorines”— buscando su camino más señorial abandonara los colores vivos y se sirviera únicamente de los ocres, siena, grises, marrones o blancos. Yo no es que está en contra de la austeridad cuando esta ayuda a la concentración —Rotko , uno de mis preferidos, al final de su vida casi solo empleaba el blanco y el negro—, pero una cosa es la austeridad y la otra es la aulimitación sin objetivo. Como estos novelistas actuales que escriben algunos textos en los que no existe la a o, todavía más difícil, la e ¿qué consiguen con ello? El resultado de la limitación de Llabrés no fue malo cuando influido por Utrillo pintó algunos rincones de París, o cuando influido, creo, por Ortega Muñoz, pintó algún paisaje de la meseta castellana. Pero cuando el esquema lo reprodujo en las Baleares, en Valencia o en Cataluña a mi modo de ver fue peor, mucho peor. El rechazo de ciertos colores como el azul —me lo enseñó Tomas Horrach— quita perspectiva a los cuadros y a, así, en los cuadros de Llabrés, los montañas parece que caen sobre el mar o sobre las casas de los pueblos. La “Seu” parece que está a un palmo del Borne, el agua, cemento, lo atardeceres, de luz inmóvil. ¿Por qué los críticos le aplaudieron y la “gente de buen gusto” compró sus cuadros? He aquí una pregunta difícil de responder. Miquel Llabrés fue probablemente el pintor más caro de su tiempo y yo ahora soy el crítico más barato de Mallorca. Según me ha dicho algún “marchant” su obra se ha desvalorizado bastante, cosa que es imposible —se lo aseguro— que ocurra con mi crítica. Pero es que alguna ventaja hemos de tener, a parte de las de Hacienda, los que estamos en el escalón más bajo del escalofón.