Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 08/02/02

 

Joan Vives Llull i l’Escola de Pollença

El cielo y la tierra


Ses Voltes



Estoy casi seguro que ustedes también lo habrán notado y, si no, fíjense la próxima vez que visiten un museo. Observen el paso de los espectadores y verán como, por regla general, éste es más acelerado cuanto más moderno es el arte que tiene ante los ojos. Y si se encuentran en una sala que contiene arte americano de los últimos veinte años el ritmo se puede comparar al de una autentica huida. Y es que empieza a ser palpable una cierta actitud crítica con respecto a este boom que significó la pintura americana de la segunda mitad del siglo XX, que según parece estuvo propagada como respuesta al arte de izquierdas que se había hecho el dueño de la primera mitad del siglo.


Yo tengo varios amigos que sufren este desencanto con el arte vanguardista y que creen que ha habido mucho mas gatos que liebres en el mercado artístico de las últimas décadas. Uno de estos amigos desencantados —su cara no miente— es Guillem Frontera, que de forma oral o escrita me ha expresado la necesidad de contestar al movimiento globalizador de la pintura —globalizador, según el, significa lo que el mercado americano impone— con un vuelta a la pintura local, a la pintura enraizada en la tradición, a la pintura que se puede observar con sosiego. Con estos supuestos y con las posibilidades que le daba la amistad con los miembros de la familia, Frontera ha montado— ha comisionado— una exposición que lleva por título “Joan Vives Llull i l’Escola de Pollença” que se mostró, primero, en la Sala d’Audiències del Claustre del Carme de Maó y ahora en el espacio Ses Voltes de l’Ajuntament de Palma.


La exposición tiene una clara intención pedagógica: intentar explicar porqué la pintura del pintor menorquín fue como fue. Es un propósito bien loable y el comisario ha decidido ser claro y contundente y, si me apuran, esquemático. Según su opinión Vives tuvo cuatro influencias. En su infancia y primera juventud sus dos maestros Pere Pax i Francesc Hernández Sanz y, un poco mas tarde y de forma definitiva, Anglada Camarasa y Tito Cittadini.


Y es que, en efecto, en 1925, cuando tenia 24 años de edad, el menorquín Joan Vives Llull tomo una importante decisión para su vida artística. No fue marcharse muy lejos, pero sin superar esta estrecha —aunque procelosa— franja de mar que separa Ciutadella de Pollença. Vives quería recibir la influencia de aquellos pintores que se agrupaban en torno a la gran figura de Anglada Camarasa y que luego la historiografía ha conocido como “Escola de Pollença”, una denominación si quieren discutible, pero útil para entendernos, que es de lo que se trata. En la exposición hay dos partes bien diferenciadas. En la primera hay dos cuadros hermosísimos de Anglada Camarasa que analiza la influencia del sol sobre la roca y sobre las nubes y una colección de cuadros de Tito Cittadini que no sé cual destacar. Porque hay una serie de doce cuadros dedicados a cada uno de los meses del año cuyo conjunto merece que cualquier aficionado se desplace a Palma aunque viva en Capdepera; pero luego hay otro —una pequeña tabla titulada “Nuvols Blaus” que a mi modesto entender puede competir sin desmerecer con aquellos pintores por los que se pagan millones de Euros. Una maravilla, una auténtica revelación.


Estos cuadros de Cittadini los tiene en su casa Pepe Vives Campomar, el hijo de Vives Llull. El que los demás tengamos, ahora, la oportunidad de verlos no sé si es motivo de agradecimiento o de aumentar nuestra envidia por la realmente espléndida pinacoteca —pirotécnica que decía un conocido alcalde menorquín— que debe tener el bueno de Pepe Vives.


La segunda parte la forman los cuadros que pintó el propio Vives Llull. Es una pintura que demuestra que Vives supo imbuirse del fino estilo que caracterizó la escuela pollensina, que su mirada “supo capturar el rumor secreto de las savias, las voces geológicas del país, el roce silencioso de las nubes arrastrándose por el cielo, sobrevolando como dioses inmortales una tierra que les implora el agua”. Pero, a pesar de esta bonita retórica, quien visita la exposición capta rápidamente que a Vives Llull le han hecho una mala faena al ponerlo al lado de Cittadini. Que, aunque los dos pintaron en un pueblo, la categoría de su pintura es muy distinta. Que la luz mágica y entrañable que se encuentra en la pintura del argentino, que el ambiente encantado que invade sus cuadros, no se halla en la pintura de su amigo menorquín. Porque en pintura se puede ser local, pero no hay que renunciar nunca a ser atrevido, a adquirir riesgo, a intentar descubrir esta otra dimensión que tiene la realidad. Como la hizo Cittadini y menos —bastante menos— Vives Llull. Compruébenlo.