Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 22/05/01

 
Agustí Puig

¿más o menos?


Agustí Puig (Sabadell 1957) exhibe sus ultimas creaciones en la sala Pelaires. Que sea en la sala Pelaires y no en otro sitio ayuda a que el espectador poco advertido, como es el que ahora escribe estas letras, crea que ha cometido un error: que se ha equivocada de pintor o de fecha. Quiero decir que a nadie escapa que la Pelaires es la sala con mejor historial y mas prestigio de la que siguen abiertas en nuestra ciudad. Nadie discutirá que ha sido la sala por la que han desfilado la flor y nata de la pintura no solo española, sino, también internacional y que ya estamos acostumbrados a encontrar allí obra de la grandes figuras de nuestro tiempo. Entre ellos, lógicamente, al señor Tàpies. Y es por eso que al entrar en la exposición uno cree que ha sufrido un error que se trata de Tàpies quien expone y no de Agustí Puig. Para salir del error los menos entendidos comprobamos la firma. Los mas entendidos encontraran otras razones evidentes que les permitirán distinguir un pintor de otro. En la distinción quien no saldrá bien parado será el de Sabadell porque lo único que existe en los cuadros que no esté ya en la pintura de Tapies es que algunas líneas o los arañazos en el lienzo, o los brochazos de caligrafía japonesa toman forma de alguna parte del cuerpo humano: un cara, una nalgas, un dorso. Y ¿qué gana con esto el cuadro o el lenguaje? A mi modo de ver nada. Y ¿qué pierde? Yo creo que mucho. Por ejemplo la concentración, la mística, la subversión, la dignidad, la sobriedad, la libertad, el radicalismo que se puede detectar en los cuadros de Tàpies, el pintor que nos enseño a comunicarnos con las huellas que los humanos dejan sobre la materia. Cuando Agustí Puig le añade perfiles de figura humana los cuadros pierden paradójicamente casi toda la profunda humanidad que tienen los de su maestro. Porque quizá para superar a un maestro no conviene añadir cosas, sino suprimir la innecesario o superfluo. Porque en pintura siempre es más difícil quitar lo realmente superfluo que añadir lo falsamente complementario.