Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 23/11/01

 
Andreu Terrades

Los objetos que abandonamos



Andreu Terrades, 1967-2001

Casal Solleric. Noviembre de 2001 - Enero 2002


Damià —Ferrà— Pons sostiene la convincente teoría de que en Mallorca, en los últimos años del franquismo y primeros de la democracia, los pintores fueron mucho más innovadores que los literatos. Su argumento se basa en que los escritores, incluso los más rebeldes, querían conservar alguna parte de la obra de sus antecesores y en el peor de los casos, si no deseaban conservar ninguna de las ideas pasadas si querían, al menos, preservar el instrumento de creación: la lengua. Los pintores, no. Los pintores no solamente querían pintar cosas absolutamente nuevas sino que también querían pintarlas de manera y con métodos diferentes. Nada que ver con el pasado Y si alguna referencia había al pasado era para ridiculizarlo. Los innovadores pensaban que el arte debía tener una función distinta a la que hasta entonces había tenido, bobalicona y adormecedora. Alguno de aquellos jóvenes consiguieron convertir su rebeldía en caro objeto de consumo y conquistaron a quienes antes compraban paisajismo mallorquín. Consiguieron que creyeran que lo nuevo tenia mayores expectativas de revalorización. Estos espabilados no fueron muchos. Los otros decidieron vivir sin depender del mercado. Entre estos jóvenes que querían una revolución en el campo de la plástica y que no querían someterse a las exigencias del mercadeo estaba Andreu Terrades. Era, entonces, un joven pintor que había nacido en Palma en 1947 y que pasaba los veranos en Andratx. Terrades fue uno de los principales integrantes de los grupos —Taller Llunàtic, Neó de Suro, poesia visual, Blanc d’Ou, Art Nou a Mallorca— que en los años posteriores al Mayo de 1968 se enfrentaron contra el amaneramiento artístico que reinaba en Mallorca. Y es que por entonces Andreu ya tenia decidido ser siempre un artista a la contra.


¿Saben ustedes cómo lo consiguió? Con un procedimiento absolutamente lógico: dio entrada en su obra a los objetos y los símbolos que la sociedad rechazaba. He dicho rechazaba y debía haber dicho, mejor, abandonaba o minusvaloraba. Y ¿dónde encontrarían ustedes los objetos que la sociedad ya no quiere? No hay que ser muy sagaces para adivinarlo: en el rastro, en nuestro “baratillo”. Terrades les quiso dar un nuevo significado a estos objetos —un sombrero, una maleta vieja,, unos lentes, un anzuelo, una caja de tabaco, unos zapatos, una botella, un libro abierto, una americana gastada. Lo hizo acudiendo a otra actividad minusvalorada por aquella sociedad encorsetada: al juego. Algunos animalillos de poca significación encontraron también acogida en este mundo particular de Andreu Terrades: las hormigas, los moscas y sobre todo los pájaros, que hasta entonces habían tenido marginal en la pintura mallorquina. Unos pájaros a veces puesto en forma de recortable sobre el cuadro y que parecen pedirnos que dejemos volar nuestra imaginación, una de los grandes capacidades de Andreu Terrades. Del juego pasó al circo y del circo a la falsificación del arte glosando la figura de Elmyr de Hory y con el muchas de las preguntas artísticas que el residente en Ibiza había puesto sobre el papel. En todos estos terrenos Terrades intentó darle un significado nuevo a los objetos y al arte en una maniobra de clara inspiración surrealista. Terrades también abordó el paisaje. Lo hizo con un gran predominio de los colores amarillos que nos recuerda mucho mas la estética de Chirino i de Van Gogh que de la escuela mallorquina, aunque los temas irónicamente podrían ser los de esta ultima: el mar, las calas y los corderos paciendo. Era el paisaje de su infancia, de “Quan era al·lot i passava els estius per Andratx, el curs no començava fins l’octubre i per setembre, en aquella zona d’allà, començaves a veure als horabaixes una tonalitat groga, les postes de sol”. En el mundo de Andreu Terrades hay algunas referencias o alguna crónica de lugares lejanos de París o de Nueva York, pero el objeto de su pintura es Mallorca, convencido de que se puede ser universal hablando de los detalles del terreno que se conoce.


Si ustedes acuden de nuevo al “baratillo” observaran que los objetos que se pueden encontrar han ido cambiando con el tiempo. Hay ahora muchos más trastos que funcionaban con electricidad. En los últimos años Terrades les ha dedicado especial atención. Los ha introducido en su pintura en la que aparecen figuras como de tebeo que ya no sabrían vivir sin estos cachivaches, que les hacen de hígado, de corazón e incluso de cerebro. Viven estos personajes electrificados no en un territorio sino sobre la cartografía que es en lo que se convierte cualquier paisaje cuando se le sustrae la pasión y la emoción de quien lo observa.


La trayectoria de Andreu Terrades se muestra con amplitud ahora en el Casal Solleric. En la exposición se vende un cuidado catalogo en el que incluso los textos de los políticos que la han hecho posible la exposición son interesantes. Cosa que era de esperar en el caso de Damià Pons i Pons, pero que me resulta —debo decirlo— sorprendente en el de Fageda. Me alegro.