Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 19/07/02

 
Carlos Mensa

Treinta años después


Carlos Mensa: els anys de l’esplendor

Sala Gran. Centre de Cultura “Sa Nostra”

11 de Julio a 14 de Setiembre


Desde que se anunció sentí una gran curiosidad por visitar la exposición de Mensa que nos ofrece “Sa Nostra” en su centre de Cultura de la calle de la Concepción. Pensé que tendría la oportunidad de volver a contemplar una pintura que me interesó mucho hace treinta años y que no había podido volver a ver. No es fácil el empeño de revisar la obra de los pintores coetáneos. No creo que los museos exhiban mucho obra suya y las páginas de internet ofrecen miles de reproducciones de obras de los pintores de primerísima categoría, son muy parcas con aquellos pintores que sólo alcanzan la categoría de primera. Por eso son de agradecer la exposiciones de pintores que eran jóvenes cuando nosotros también lo éramos. Muestras como la de Mensa nos permiten hacer un ejercicio de arqueología de nuestra sensibilidad y preguntarnos porqué nos gustaron tanto cuando las vimos hace treinta años aproximadamente. Mensa es un caso paradigmático.


Yo vi por primera vez la obra de Mensa el la Sala Pelaires. No volveré a insistir en la importancia que la citada galería tuvo para nosotros. Llegó un momento en que todo lo que exponía Pep Pinya nos parecía de extraordinaria calidad. A las galerías de arte les pasa como a las revistas científicas: cuando se adquiere un gran nivel, cuando en aquella revista publican los científicos mas importantes nadie se atreve a decir que un articulo que ha sido seleccionado para ser publicado es malo. Si al leerlo no lo entiendes o no lo consideras piensas que el malo eres tu como lector. Lo mismo, ya, digo pasa o, mejor, pasaba con las galerias y los artistas. Mensa fue una apuesta decidida la Galería Pelaires que presentó su obra, si no me equivoco, en los años 1970, 1972 y 1975. Pero Mensa no solo estaba arropado por el prestigio de la galería, sino que en sus catálogos había textos laudatorios de Baltasar Porcel, Mario Vargas Llosa y Camilo José Cela, quienes eran —sobretodo los dos primeros— los autores que más nos gustaban en aquellas fechas. Y nos siguen gustando —quiero dejarlo claro— aun hoy.


Carlos Mensa tenía todavía otra cosa a su favor para que nos gustara, y es que todos creímos que era una pintura claramente de izquierda, que, como ustedes comprenderán, era la única pintura que en aquel tiempo podía obtener nuestro beneplácito. Los cuadros de Mensa representaban cardenales estrafalarios, monos revestidos de pontifical, capitalistas con cara de depredadores, y por otra parte era muy habitual la figura del corsé y del yelmo, que impedían ver la cara —la voz?— de quienes tenían algo que decir y que por motivos en aquel tiempo obvios no podían decir. Era —así lo entendimos los de mi generación quizá de forma demasiado mecánica— un pintura que hacia escarnio del poder, de su liturgia y de sus disfraces. Fuster luego nos enseño que no solamente los militares, los curas y los políticos iban disfrazados, sino que toda vestimenta podía ser considerada, en cierta manera, como un disfraz. Yo les aseguro que los que acudían a las exposiciones de Mensa también ibamos disfrazados. ¿Fue en la inauguración de Mensa, cuando Porcel se presentó con una gabardina azul claro y anchas solapas? No lo sé.


Perdonen que quizá me haga pesado pero quiero comentar que Mensa tenia otra virtud y es que pintaba bien. Digo pintar bien a saber pintar como los clásicos, de forma realista. No es que a nosotros el hecho de pintar bien nos importase demasiado en aquel entonces, pero pintores como Mensa se convertían en dardos afinados cuando discutíamos con nuestros mayores —a mi me gustaba mucho— y teníamos que responder a aquellas provocaciones que decían que los pintores modernos pintaban moderno o abstracto porque no sabían pintar como los clásicos. Cuando decía esto mi respuesta era enseñarles catálogos de pintores como Mensa, Richt Miller, Hernández Ellis Jacobson, o el más perfecto en su técnica, Manuel Boix.


Cuando ahora, gracias a “Sa Nostra”, he tenido ocasión de volver a ver la obra de Mensa he pensado que realmente el pintor se merecía todo el arropamiento que tuvo, que en aquel tiempo no aprecié la carga de surrealismo —dónde es indiscutible que una imagen vale más que cien palabras— que tenían sus cuadros, ni el aprovechamiento que supo hacer de los planteamientos de Chirico y de los clásicos italianos. También pensé que en aquellos años no ibamos en absoluto tan desencaminados quienes creíamos que los pintores antifranquistas eran infinitamente mejores que los adictos al Régimen. Compruébenlo con la exposición de Mensa de “Sa Nostra”.