Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 24/10/01

 

Titto Cittadini

la luz de su jardín



No empezó nada bien mi visita a la exposición de Titto Cittadini que tiene lugar actualmente en la casa museo de Dionís Bennàssar. Cuando llegué, a la una menos trece minutos, me salió a la puerta una señora al parecer de nacionalidad extranjera que me dijo que la casa museo estaba ya cerrada y que no podía entrar. Le pregunté a qué hora cerraban y me dijo que a la una, pero que se necesitaba mas de un hora para visitar la casa museo. Que nada, que a la calle. Le respondí de la forma mas cortés que supe, y, utilizando la misma lengua que ella había empleado, el castellano, intenté explicarle cual era mi intención, el viaje que había hecho a posta y que si me lo permitía sólo vería los cuadros de Cittadini y dejaría para mejor ocasión los de Bennàssar. Le prometí que a la una estaría de nuevo en la calle. A regañadientes accedió a mi petición y me dijo que la entrada eran trescientas pesetas. Yo iba acompañado y le dije que me parecía muy bien que cobrara a mis dos acompañantes pero que no era habitual ni gentil que se cobrara a los que iban hacer la critica para un periódico. Me dijo que las órdenes que tenía eran de cobrar a todo el mundo y, entonces, le sugerí que consultara a quien le había dado estas órdenes. El resultado de la consulta fue que yo y —todo hay que decirlo— mis acompañantes pudimos entrar gratis. La conversación me creó cierta tensión.

Perdonen ustedes esta larga parrafada sobre una muestra de las penalidades que a veces supone la labor de crítico. Si lo he hecho es para decirles que los cuadros que pude ver fueron un auténtico bálsamo que me hizo olvidar rápidamente las desatenciones que había encontrado a la entrada. Me encontré con el obsequio de unas obras pintadas por un hombre que, por lo que pude intuir observando sus obras, debió poseer, al contrario de quien me recibió, una cortesía exquisita. La exposición se titula a “Titto Cittadini, l’amic” y está formada por cuadros de Cittadini que pertenecen a colecciones particulares, muchos de cuyos propietarios, supongo, debieron tener una intensa relación tanto con Cittadini como con Dionís Bennàssar. El soberbio retrato de Dionís que realizó Cittadini y que se expone podría simbolizar el resumen de la intención con que se ha hecho la exposición.

No tuve mucho tiempo para deleitarme pausadamente, pero los minutos de que dispuse fueron más que suficientes para reafirmar mi opinión de que Cittadini fue uno de los mejores pintores que han pasado por esta isla. No es ahora el momento de reproducir quien fue Cittadini ni cómo fue su vinculación a nuestra tierra. Quien quiera saberlo puede consultar la magnífica voz que al pintor dedica la Gran Enciclopèdia de la Pintura i Escultura a les Balears. Si puede serlo, en cambio, para demostrar mi humilde discrepancia con la opinión muy extendida de que, en la larga y final etapa final de su vida, Cittadini abandonó su capacidad innovadora y se adocenó prefiriendo pintar casi siempre el mismo tema —Pollença— y producir obra pensando primordialmente en su clientela mallorquina, que no se distinguía precisamente por apostar por la pintura de vanguardia. Los que así opinan quizá desconozcan aquella recomendación de H. Belloc que dice “traten ustedes, buenas personas, en su breve paso a través de la luz del día, de llegar a ver cuantos edificios, colinas y ríos, campos, libros, hombres, caballos, barcos y piedras preciosas puedan. O bien permanezcan en su aldea y cásense en ella y mueran allí. Porque uno de esos destinos es el mejor del hombre. O ser lo que he sido, un viajero con toda la amargura que conlleva, o quedarse en casa y oír la voz de Dios en el propio jardín”. Ésta fue probablemente la decisión que tomo Cittadini después de haber visto y contemplado el mundo y haberlo descrito con distintos estilos: quedarse a oír la voz de Dios en su jardín. El jardín que eligió fue sin duda el de la comarca de Pollença y la voz que intentó escuchar fue la de la poesía. En que consistió esta actividad poética de Cittadini. A mi me parece muy sencillo de adivinar: en mirar de captar con todo detalle el paso del tiempo. Cada uno de sus cuadros fue un intento de ver como el tiempo —esa luz huidiza— desvelaba los matices de los diversos rincones de su jardín: de su Pollença de adopción. Como el tiempo, la luz y los colores otorgaban al paisaje, al pueblo, a las tabernas y las personas que conoció una dimensión mágica. Una dimensión mágica —mística, dice un amigo sabio— que sólo pueden captar los grandes artistas. Si ustedes tienen la oportunidad deténganse ante los cuadros titulados “tarde de invierno” “cala con barca” o “Pollensa” y gocen de esta sensación al mismo tiempo dulce y lacerante que transmiten: de cómo pasa el tiempo —la luz— en esta vida. Saboreen la impresión que producen que no es otra que la de estar convencidos de que si el pintor hubiera disparado su cámara mental cinco minutos mas tarde el cuadro seria absolutamente distinto. Y recuerden que tanta precisión temporal sólo la pude conseguir quien renuncia a aventuras que ya no son la suya, quien decide quedarse en su jardín observando con sosiego la luz y el color que desprenden las cosas conocidas y amadas. Cittadini lo hizo —ésta es mi opinión— de forma precisa, educada y magistral.

A la salida adquirí por 1.500 pesetas —el horno no estaba para bollos— el librito que han editado la fundació Dionís Bennàssar. Contiene un documentado artículo de Gudi Moragues y la reproducción de un viejo e inteligente texto de Miquel Bota Totxo. Me hubiera satisfecho encontrar noticias más extensas sobre los propietarios de la mayoría de los cuadros, la familia Pastor-Gracia. Me hubiera gustado saber quienes y cómo son las personas que gozan del privilegio de vivir diariamente entre estos poemas que Cittadini dedicó a su jardín, a sus amigos, a los rincones de Pollença y, sobretodo, al tiempo, que huye suave e irremediablemente.