Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 03/01/02

 
Damià Jaume

La memoria del aire

Centre Cultural Pelaires


Estoy casi seguro que ustedes me tildaran de exagerado pero yo no puedo dejar de decirlo. Si no hubiera existido la sala Pelaires es muy probable que a mi actualmente la pintura me importara poco. Lo cual quiere decir que mi alma seria más miserable. Gracias a la Sala Pelaires yo pude ver obra de Miró, Tàpies, Calder, Saura, Ulbricht, Mompó, Von Neuman, Richt Miller... y no me negaran ustedes que la vida es otra cosa para quien ha observado la visión que del mundo ofrecieron estos artistas. Les quiero asegurar que lo que acabo de escribir lo podrían decir muchos mallorquines de mi edad si tuvieran, como yo ahora cuando escribo, la necesidad de superar la timidez.


Entre aquellos pintores que en la Sala Pelaires nos enseñaron lo fascinante que era la vida había un coetáneo que nos mostró que la poesía no había que buscarla en paraísos lejanos, sino en nuestra vida cotidiana, en las cosas que hemos querido, en los duros episodios sentimentales de gente azotada por los quereres, en los personajes a los que la vida derrotó. Historias que habían ocurrido en los suburbios de Palma en aquellas tierras que dejaron de ser huertos donde crecían las coles y las patatas para convertirse en solares secos, lúgubres y estériles. Aquel joven que pintaba personajes y aquellos lugares con una nostalgia infinita se llamaba Damià Jaume.


¿Cual era el secreto que había en los pinceles de Damià Jaume y que le permitió cautivar nuestra atención y merecer todo nuestro cariño? Yo creo que no es difícil de adivinar. Se trataba de revolucionar dos ideas o valores propios de la pintura clásica. El primero el intento de luchar contra el tiempo. En la pintura clásica hay siempre un afán de inmortalizar: de vencer al tiempo. Damià nos explicó que, al contrario, es el tiempo —el paso del tiempo— la principal materia de la poesía. No hay que combatir el tiempo: hay que describirlo: Damià no pintó las cosas y las personas para fijarlas. Todo lo contrario: pintó el recuerdo, la huella que sobre los que se quedan dejan las personas y las cosas que ya se han ido. Lo hizo con un enorme poder comunicativo. La segunda revolución de Damià fue pintar no aquello que simboliza o recuerda el poder, sino la vidas y las ocasiones humildes, los quereres de aquellos a los que el poder y las ideologías absurdas dejaron arrinconados. Damià, no optó por el expresionismo como estilo, sino por la dulzura, por la discreción , por el silencio, por la intimidad. Sus cuadros querían ser un sollozo. Su manera de pintar sensibilizo a las mentes mas inteligentes de Mallorca: Blai Bonet, Josep Melià, Gabriel Janer, Miquel Àngel Riera, Josep Maria Llompart, Guillem Frontera. Los textos que estos autores escribieron sobre el pintor contagiaron mi alma gravemente. Se lo agradezco.


Han pasado muchos años desde entonces. La vida de Damià Jaume y de la Sala Pelaires ha transcurrido por senderos diferentes y a veces distanciados, pero todos sabíamos que , al final, habría una reconciliación. Nos la debían. El producto de este feliz reencuentro es la magnífica exposición que Pep Pinya y Damià Jaume nos ofrecen actualmente en las paredes del espacio Centre Cultural Pelaires, de la Calle Verí.


Es obligado preguntar si la obra que ahora muestra Damià es nueva: diferente a la anterior. Yo debo decir que no y sí. No, en el sentido que Damià permanece fiel a su apuesta. Quiero decir sigue estando en favor de los seres frágiles y del tiempo. Hay, sin embargo, un claro enriquecimiento en la pintura de Damià. El pintor ha reflexionado largamente —Damià es todo lo contrario de un pintor inculto— y ha hecho un inteligente asimilación de todo lo que significó la obra de Cezanne, de Monet, de Fontana, de Whistler. Los conoce bien. Ellos le enseñaron que debía dejar que el aire, el vacío, el blanco, lo lábil estuvieran presente su pintura. Aprendió que debía eliminar todo lo que sobra en la tela, a veces, incluso, pedazos de la propia tela, que dejan un mágico espacio donde solo habita el aire. Un aire cargado de memoria.


Hay mucha botánica en la obra actual de Damià, quiero decir, que la vegetación ha cobrado un gran protagonismo. Yo no creo que rompa un secreto si les digo que Damià tiene un entrañable jardín donde crecen plantas que provienen, por via de esqueje, de otras que tuvieron y amaron seres que ya no existen. Damià cuida y en ocasiones pinta de forma delicada estos seres vegetales que tanto significan para el. Yo creo estas flores heredadas están algo enamoradas del pintor, y cuando el se ausenta acuden all taller, para besar sus lienzos que, celosos y estremecidos, guardan los recuerdos de estas caricias efímeras. Los verán ustedes.


Me he puesto —lo reconozco— un poco floripondio y, por contraste, quiero acabar con un consejo bien realista. Ahora que se acerca la noche de reyes, si ustedes tienen posibles ¿por qué no regalan a algún ser querido un cuadro de Damià Jaume? ¿Dicen que su amor quizá prefiera un diamante? No sabe cuánto lamento que tenga este tipo de amores.