Francesc Bujosa :: Pàgina oficial

 

Mi divertido maestro


  1. Publicado en Scripta Nova

  2. REVISTA ELECTRÓNICA DE GEOGRAFÍA Y CIENCIAS SOCIALES

  3. Universidad de Barcelona. ISSN: 1138-9788. Depósito Legal: B. 21.741-98

  4. Vol. XIV, núm. 343 (6), 25 de noviembre de 2010

  5. http://www.ub.es/geocrit/sn/sn-343/sn-343-6.htm


  6. Resumen

  7. En este articulo Francesc Bujosa, discípulo, durante mucho tiempo, de José María Lopez Piñero muestra su agradecimiento al maestro no solo por las enseñanzas recibidas, sino también por los numerosos momentos de diversión que le propiciaron anécdotas y discusiones que vivió junto al maestro. Son anécdotas y discusiones que sirven al autor para mostrar no solamente la personalidad de López Piñero, sino para indicar también cuales fueron sus principales orientaciones historiográficas.

  8. Palabras clave

  9. Historiografía, Historia de la Ciencia, Historia de la Medicina, Bibliometría, Sociología de la Ciencia.

  10. My funny teacher (Abstract)

  11. In this article, Francesc Bujosa, for many years a student of José María Lopez Piñero, expresses his gratitude to his teacher, not only for the education received, but also for the many entertaining moments spent in the company of his teacher, which provided him with a wealth of anecdotes and points for discussion. Anecdotes and points for discussion the author uses to illustrate not only López Piñero’s personality but his main historiographical inclinations.

  12. Key words

  13. Historiography, History of Science, History of Medicine, Bibliometry, Sociology of Science


Escribí no hace muchas semanas que, en mi escalera de agradecimientos, José María López Piñero ocupa, en orden de importancia, el segundo lugar. El primero debo reservarlo a la que fue maestra de Esporles y, luego, del Pla de na Tesa. El orden está establecido con arreglo a un criterio muy claro: la cantidad de horas que las personas han dedicado de forma absolutamente gratuita a intentar suplir o remediar mis muy limitadas condiciones naturales para el ejercicio de la lectura y, más aun, de la escritura. No puede decirse que el resultado de sus esfuerzos haya sido para echar cohetes, pero en su haber está el haberme mostrado que estas dos actividades —la lectura y la escritura— son las dos ocupaciones más placenteras de la vida. Fui totalmente seducido y abandonado por su magisterio únicamente cuando la tan injusta naturaleza dictó el punto final de su existencia. Entre los más profundos dolores de mi patrimonio sentimental está la consciencia de no haber sabido expresar, por mor de una absurda timidez, a estas dos citadas personas con claridad y rotundidad la magnitud de mi agradecimiento. La invitación que el profesor Capel me hace de participar en este número homenaje al que fue mi maestro es una oportunidad de calmar mi sentimiento por no haber sabido vencer mi vergüenza y el consecuente miedo a caer en una cursilería que tantas veces vi ridiculizada, por mi propio maestro, en los inolvidables años de formación que pasé en el País Valenciano. Mi agradecimiento se debe, obviamente, a lo que aprendí o, mejor dicho, a lo que hubiera podido aprender de haber sido más diligente. Pero mi gratitud es tanto o mas mayor que por lo que aprendí por la forma en que lo aprendí: divirtiéndome enormemente, a veces a carcajada limpia A esta diversión es a lo que quiero referirme. Lo haré sin ningún tipo de remordimiento con la clara consciencia de que otros más dotados de sabiduría y erudición analizarán la obra historiográfica de José María con mucho más rigor y autoridad de los que yo pudiera ofrecer. Escribiré casi exclusivamente y con fresco dolor de las risas que ya nunca volverán.

El humor y el divertimento ya estuvo presente en mi primera relación con José María López Piñero. En aquel verano de 1965, yo por razones puramente fortuitas —alguien me había advertido de lo difícil que era aprobar la asignatura de Anatomía en Barcelona con el profesor Taure— me matriculé en medicina en la Universidad de Valencia e hice solicitudes de ingreso en los diferentes colegios mayores que existían entonces. No podría precisar por qué razones —probablemente por un consejo muy sabio que no sé a quien agradecer— elegí de entre todas las admisiones la del Colegio Mayor Luís Vives, cuyo director era el citado J. M. López Piñero. Como era habitual antes de que la admisión fuera —decían, los veteranos— definitiva, el aspirante era sometido a un examen bufo y grotesco que en el colegio mayor Luís Vives tenia más aires de verosimilitud porque formaban parte del tribunal algunos profesores de la Universidad —Jordi Nadal, Juan Antonio Salva, Sebastián García Martínez, Vicent Lluís Montes, etc.— que residían también en el colegio. Estos profesores se encargaban de la parte más culta y inteligente del examen. Si eras suspendido en este primer examen, había unas repescas en donde los ejercicios de carácter práctico, ahora en manos de gente menos ingeniosa, resultaban algunas veces denigratorios para el —así llamado— aspirante. Temeroso de que llegara esta segunda parte, pronto comprendí que era cuestión de no quedarse callado en la primera parte y poner a prueba todas las posibles habilidades dialécticas que uno hubiera podido acumular. No me salió mal del todo el examen con los profesores, incluso me atrevo a decir que tuvo cierta brillantez. A esta autocalificada brillantez contribuyó el hecho de que no me hiciera rogar demasiado a la hora de exhibir mis dotes para el canto. Yo estaba convencido de que había sido una injusticia, pero el hecho es que, de niño, había sido invitado a abandonar los dos coros a los que me había inscrito con toda la ilusión del mundo. Formé, más tarde, parte de una rondalla, pero tuve que aceptar la triste y humillante condición de hacer ver que cantaba sin cantar: abría la boca, pero ningún sonido —en esto el director era bien tajante— debía salir de mi garganta. A pesar de estos antecedentes y por los motivos que he señalado no tuve, como he dicho, muchos reparos al contestar afirmativamente cuando el tribunal me pregunto si sabia cantar. Cuando me dieron la libertad para elegir, estuve dudando entre “sixteen tones“ —era la que mejor se adaptaba a mi tono de voz —y una canción más enraizada en mi pequeña patria. No, no se trataba de alguna “tonada” del folclore mallorquín, ni de una canción que pudiera integrarse dentro del movimiento llamado “Nova Cançó”, sino de la canción que popularizó Alberto Cortez y que se llamaba —¿se acuerdan?— “Me lo dijo Pérez”. No lo intenten: seria en vano. Nunca podrán imaginarse como canté aquella canción sin dar probablemente una sola nota acertada y con un acento que denotaba de forma meridiana que el castellano no era en absoluto mi lengua materna. Algo así como Nat King Cole cantando “María Helena”. Hubo, aparte de mi —perdonen— natural pericia, otro factor que contribuyó, en gran manera, a que el éxito fuera más rotundo y fue el hecho de que yo sabia una letra “alternativa” a la más canónica de Alberto Cortez. Esta letra, un poco más atrevida, decía entre otras cosas “Me lo dijo Pérez, que estuvo en Illetas tocando las tetas a todas las suecas que vio por allá”. He dicho hace poco que no les será fácil imaginarse como cantaba yo. Mucho más fácil, a quien conozca la cultura popular valenciana, les será hacerse una idea de la acogida que tuvo mi versión procaz de la que en aquel entonces era muy famosa canción. José María no estuvo presente en el examen donde canté por primera vez “Me lo dijo Pérez”, pero no importó: mi actuación dio mucho de que hablar y en los días siguientes se la tuve que cantar repetidas veces sin variar el estilo —realmente incomparable: ya saben— de la primera vez. Aunque ahora sea muy difícil de creer “Me lo dijo Pérez” se convirtió en una canción comprometida: comprometida para José María. La razón de dicho compromiso fue que en el Vives celebramos cada trimestre una fiesta a la que asistía el Rector de la Universidad, que era la institución a la que pertenecía el Colegio Mayor.
Los actos centrales de dicha fiesta consistían básicamente en una misa —oficiaba ya en el año en que llegué Ramón Arnau —, una entrega de trofeos y una comida de menú variable, pero de bebida fija: vinos de Alella y Paternina Banda Azul. Fue probablemente el consumo, algo más que moderado de estos caldos, lo que hizo pensar a José María que al Excelentísimo y Magnífico Rector le encantaría, para acompañar el postre, oír la canción que había popularizado Alberto Cortez con las variaciones en la letra que ya he explicado. En aquellos años, el Rector de la Universidad Valentina era Don José Corts Grau, un hombre que, por decirlo en breve y a la valenciana, era más devoto de la Virgen de los Desamparados que de Rosita Amores, aquella exuberante y pícara tonadillera, que triunfaba en aquel entonces en el teatro Alcázar, que no era precisamente el de Toledo. No entendió seguramente, Don José Corts Grau, el mensaje de mi canción. Supe muchos años después que lo que hoy consideraríamos una inocente anécdota estuvo a punto de costarle el cargo al que era mi director y luego seria mi maestro. Hubiera sido una lástima porque José María, con un espíritu regeneracionista y con un enorme poder de seducción, marcó un rumbo e imprimió un carácter al Vives absolutamente distinto —y mucho mejor: hay que decirlo— del que había sido norma en estas comunidades tan peculiares que fueron los colegios mayores en los últimos diez años del franquismo. Sería demasiado largo intentar siquiera resumir el espíritu que reinaba en aquella comunidad que él con tanto entusiasmo presidía. Un dato numérico servirá para atestiguar su influencia. De los cerca de cien colegiales que conocí en el referido Colegio, mas de cuarenta decidimos dedicarnos a la docencia en la Universidad o a la investigación en alguno de los Institutos del CSIC: la docencia y la investigación eran —nos hizo creer a muchos las dos actividades más nobles a las que podía dedicarse una persona. Probablemente tenía razón.

La alegría y el humor que impregnó mi primer encuentro con López Piñero continuó durante los lagos años que tuve relación con él. Puede que a quienes únicamente hayan leído algunos de los trabajos, presididos por el rigor y la erudición del que fue catedrático de Valencia, les sea difícil creerse el carácter enormemente divertido y alegre que tenía cuando abandonaba la pluma y era la lengua quien entraba en actividad. Era entonces cuando José María sabia aprovechar sus virtudes —su inteligencia y preparación en primer lugar, pero también su capacidad para la crítica despiadada, la exageración, la caricatura, la fabulación, el ejercicio inagotable de la imaginación, la iconoclasia, la tergiversación, la invención, la analogía estrambótica, la asimilación gozosa del humor fallero— para que su interlocutor quedara no solo sorprendido, sino fascinado por un talante y su verbo que sus escritos no permitían presagiar de ninguna manera. Las cualidades acabadas de mencionar de José María estuvieron potenciadas por una incomparable memoria, sabía poner fecha precisa y hora exacta a cualquier acontecimiento: de los que habían existido y venían bien a su argumento y de los que no habían existido y le eran igual de útiles para apuntalar su razonamiento. El tiempo potenció este carácter poco académico que salía a relucir de manera exuberante en las tertulias y discusiones que se establecían en los pasillos de la cátedra que dirigía. Eran debates algunas veces surrealistas que a mi me gustaba provocar y en los que perdimos —en el fondo creo que ganamos— muchas horas amigos como Víctor Navarro, Eugenio Portela i, especialmente, Antonio del Rey.

Fueron probablemente estas acaloradas discusiones las que potenciaron las filias y las fobias, a veces tan exageradas, que mostraba José María a poco que sus interlocutores le dieran oportunidad. Quizá la mayor de las filias fue la que provocó Pedro Laín Entralgo. Esta admiración por la obra y la persona de Laín le llevó a interesarse, entre muchas otras cosas, por el flamenco. La citada nueva afición estuvo motivada principalmente por la decisión que tomó José Menese de musicar e interpretar con su voz tan varonil alguno de los poemas que compuso el historiador de Urrea de Gaen. A mi me pareció que este aprecio que José María sentía por el flamenco era poco sincero y, en plan provocativo, dije en alguna de las tertulias que no nos debíamos engañar, que en el fondo el flamenco no consista más que en una interminable repetición de ayes y que era necesario admitir que Manolo Escobar y Lola Flores eran los mejores representantes de un genero que vivía en perfecta simbiosis con el franquismo. Cuando él y Antonio del Rey me replicaron que no fuera tan animal y que supiera que sin el flamenco no se entendería la obra de Lorca, no tuve más remedió que defenderme y, ocultando la fuente original de mi opinión —Borges—, replicar que, bien mirado, Lorca era un poeta puramente visual. Los aspavientos de José María fueron dignos de ser grabados para incorporarlos a la bases de datos del actual You Tube mientras decía que si mis afirmaciones trascendían él iría avergonzado por la Facultad por dar cobijo académico a un ayudante con tan poca sensibilidad y tan poca cultura. Llegó incluso a decir que si no rectificaba me echaría de la cátedra. No rectifique, pero no fue un acto valeroso: sabia que su amenaza formaba parte del juego que a los dos nos encantaba jugar. Otras filias incondicionales que declaró sentir José María estuvieron, en el terreno profesional, dirigidas hacia Sigerist por habernos enseñado a integrar la medicina dentro los contextos culturales y sociales que le eran propios y a Leopold Ranke, el padre —decía— de la consideración de la historia como una disciplina de carácter positivista, lejos de lo que él llamaba nefasta “Rocking chair especulation”. No debe extrañarnos que con este ánimo positivista —más fingido que real— se convirtiera en un admirador de los sociólogos de la ciencia de carácter funcionalista —Robert Merton en lugar destacado, pero también de Joseph Ben David— o de aquellos historiadores y analistas de la ciencia como Price o Garfield —los bibliómetras— que intentaban matematizar las modas culturales y las relaciones —las redes de citas— que se establecían entre los distintos científicos interesados en un mismo campo. A este tipo de acercamiento con poco, ya digo, componente ideológico se le llamó la “ciencia de la ciencia” y fue un primer intento de construir y formalizar una historia del pensamiento científico a partir de los supuestos y de los métodos propios de la ciencia moderna. Un movimiento o una doctrina que, en cierta manera, busca o aspira a esa condición tan difícil que modernamente se llama reflexibilidad. Sería injusto no decir que estos últimos acercamientos los conoció fundamentalmente gracias a su amistad con Thomas Glick.

Tan reveladoras, o más, que las filias que declaró José María fueron sus no menos aireadas fobias. No puedo negar que algunas fueron bien acogidas e incluso festejadas por los que formábamos su círculo de discípulos. Las que, por diversos motivos, tuvieron sin duda más éxito fueron las motivadas por los integrantes de lo que él llamaba la “so call madrileñan culture”. Ortega, Marañón, Zubiri —nunca entendió la admiración que Laín sintió por este filósofo— Pradera, Aguirre, Marías y algunos otros que quizá no sería oportuno citar ahora. Su enfado procedía fundamentalmente de que estos pensadores no habían aportado a la cultura española más que innovaciones puramente verbales, sin soporte factual, y habían repetido tópicos y errores sin haberse preocupado de comprobar con datos fehacientes dichas afirmaciones. Eran —decía— tópicos y errores que impedían analizar con rigor muchos episodios de nuestra historia como era la obra de los antecesores de Cajal o la de una España absolutamente cerrada, después de la Reforma, a la ciencia. La relación de los errores y defectos de los citados personajes era tan exagerada que le quitaba la mala intención y la convertía en un ejemplo de literatura satírica y cómica. Divertidas en extremo eran, también, sus parodias de los autores y creadores modernos pertenecientes al campo de sus aficiones como, por ejemplo, el cine. Antonionni, Glauber Rocha, Alain Resnais eran asaeteados sin piedad y, para nosotros, las risas y ocurrencias de su parodia se convirtieron en una especie de venganza por las muchas horas de aburrimiento y de sueño que pasamos por mor de las recomendaciones de la famosa “Cartelera Turia” que, sistemáticamente, calificaba las películas dirigidas por estos citados directores como “de visión obligatoria”.

Mucha menos adhesión encontraron por mi parte sus dardos dirigidos a tres figuras que yo leía con gran y declarado, ¡ay!, interés: Michel Foucault, Thomas S. Kuhn i Joan Fuster. Puede que resulte pretencioso por parte mía decir que no puedo dejar de pensar que esta animadversión suya tenia su origen en una especie de celos que sintió debido probablemente a que por los motivos que al principio expresé —mi timidez fundamentalmente— no mostré con suficiente rotundidad la admiración que también tenia por su persona. Las críticas que dirigía al francés eran tan floridas como las que dirigía a los madrileños. A Foucault siempre lo acusó de plagiario o, al menos, de haber aprovechado, sin el debido reconocimiento, los materiales que había aportado el historiador de la psiquiatría francés Semelaigne. Las críticas a Kuhn, el más influyente de los historiadores de la ciencia del siglo pasado, y a Fuster, el más inteligente de todos los ensayistas españoles de todos los tiempos, fueron más comedidas y solapadas. A Kuhn le reprochaba el haber elaborado un modelo general a partir de un solo caso y el ser el padre en cierta manera del actual relativismo. Hubiera sido mi deseo, en las últimas veces que vi a José María, recabar —siempre en plan un poco provocativo— su opinión sobre los derivados de la obra de Khun y, en especial, sobre la tendencia conocida como constructivismo social de la ciencia. No fue posible: su interés estaba en otros espacios y en otros campos. El caso de Fuster era diferente y muy especial. En primer lugar porque Fuster representaba el caso inverso de José María. Fuster era cáustico y atrevido —ya se sabe que en el País Valenciano decir la verdad sobre su cultura y su lengua ha supuesto siempre un cierto atrevimiento— con la pluma y más comedido a la hora de hablar. Pero, además, es que Fuster y José María tuvieron dos orígenes distintos. Como es sabido, Fuster en el fondo fue un hombre de Sueca que siempre tocó y nos enseño a tocar con los pies en la tierra: en la tierra —y en la cultura, claro— donde habíamos nacido los que lo hemos hecho en las tierras de habla catalana. López Piñero fue un caso distinto. Nacido en Mula, sus padres tuvieron que instalarse con una economía no boyante en Valencia. La gran capacidad intelectual, su prodigiosa memoria, su pasión por el trabajo y su resistencia ante la adversidad hicieron que López Piñero pudiera gozar, durante mucho tiempo, de una situación académica de gran confortabilidad. Pero José María nunca se sintió del todo acogido por ninguna de las dos culturas valencias. Ni por la fusteriana por la que se sintió —yo creo que injustamente— despreciado por no hablar ni escribir en catalán, ni por los antifusterianos a los que su rigor intelectual no le permitía adherirse. En los últimos volúmenes publicados de la correspondencia de Fuster, en el que está dedicado —creo— a la correspondencia con Vicent Ventura, existen algunos datos del desconcierto que a estos pioneros del llamado catalanismo valenciano —en el fondo valencianismo culto— les produjo la cambiante y ambigua actitud de mi maestro. Solamente quien conozca la precaria situación académica que tenía José María en aquellos años y su origen, puede explicar su ambivalente actitud y las críticas algo solapadas, pero en todo caso desorbitadas, que dirigió a Fuster por no haber acertado al calificar la mentalidad de algún científico valenciano del pasado.

Fue, el de Fuster, el asunto más espinoso —tal vez el único espinoso— que tuve en mi mi larga relación con José María. Debo decir, sin embargo, que sus posibles celos por el de Sueca nunca le llevaron a disminuir el respecto, en el fondo —acalorados debates aparte— por mi persona y por mi familia, y la generosidad casi inconmensurable con que siempre me trató. Una inmensa cantidad de horas de formación i/o de divertimento nunca recompensadas —ahora ya se puede decir definitivamente ¡ay!— con que me obsequió. Una estima en absoluto predecible hacia aquel muchacho que llegó a Valencia en 1965 y que, por fortuna, supo cantar de forma muy especial “ Me lo dijo Pérez”.