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Feito

la mística de los colores


Feito Obra 1952-2002

Casal Sollerich

Septiembre y Octubre 2002






Es cosa sabida que quien quiere observar la pintura moderna y no cabrearse con ella debe abandonar el esquema mental de que existe una realidad externa, un artista que con su trabajo intenta reproducirla y una obra —la que observa el espectador— que es una traducción sino una representación, todo lo libre que uno quiera, de la realidad externa. Quien quiera entender y gozar la obra de Luís Feito debe desprenderse del esquema que acabo de mencionar y pensar que realidad externa, gesto pictórico y obra realizada forman un continuo cuyas partes, si las hay, forman un todo inseparable. Esta predisposición y amplitud de miras es hoy moneda corriente, pero no lo era cuando Feito empezó a pintar. O más precisamente dicho, no lo era en España de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Hemos de decir, sin embargo que el esfuerzo de Feito no fue una aventura del todo solitaria; otros artista partían de creencias parecidas a las de Luís Feito le acompañaron. Formaron lo que vino a denominarse el grupo El Paso que estaba formado, si la memoria no mes infiel por Canogar, Antonio Saura, Millares, Rivera, Antonio Suarez, Pablo Serrano, Juana Francés y quizá algún otro que no consigo retener. Si me acuerdo en cambió de que el grupo el Paso de apoyó en dos pilares básicos. Uno era Zobel y su benemérito Museo de Cuenca. El otro fue el trabajo de la galerista Juana Mordó.


Luís Feito había llegado a la pintura tras abandonar una primera vocación religiosa. El mismo ha confesado que posiblemente no tenían finalidades distintas su vocación religiosa y su posterior vocación de pintor. Eran ambos camino que se podía seguir si alguien intentaba encontrar algo mas que la realidad y sus apariencias.


En la búsqueda de ese algo más Feito presto atención a varios estilos pictóricos. Algunos han señalado que no en vano Feito es español y madrileño, por más señas, y que por este motivo se fijó en la pintura del Museo del Prado y, sobretodo, en los pintores de los claroscuros y de la luz. También observó en el paisaje de la estepa castellana tan sobrio y radical. Pero a mi me parece que en la obra de Feito hay influencias mas importantes que las señaladas. Me refiero al francés Fautrier, al alemán Hartung, que vivió una temporada en Menorca, y de los rusos Malevich, Poliakoff y Rothko, aunque este último sea tenido pintor genuinamente americano. Pintores, en suma, que buscaron el sentimiento y la luz gracias a la yuxtaposición de colores elementales. Hay todavía otras influencias innegables en la obra de Feito. Por un lado estala labor de los prerrenacentistas como Ucello o Piero de la Francesa que queriendo representar la realidad alcanzaron mucho más que la simple realidad. Por otro esta la pintura primitiva en la que, según el propio Feito, es imposible, distinguir la estética del sentimiento religioso. No quisiera hacerme pesado a la hora de sugerir influencias, pero este repaso quedaría incompleto si no mencionara la pintura oriental, la filosofía Zen y la cultura japonesa. ¿No pueden verse muchos e los cuadros de Feito como si fuera un jardín japonés en donde prima la elementalidad, la materia y un orden natural?


Quien haya tenido la paciencia se leer mis anteriores palabras podrá pensar que la obra de Feito es una amalgama o una síntesis impersonal. Nada más lejos de la realidad. La mayor de las influencias que tiene Feito a la hora de pintar en su propio sentimiento religiosa y esta búsqueda personal por encontrar caminos nuevos en su propio interior. Fue para conocer su propio interior por la que Feito tuvo que vivir fuera de España, primero en París, mas tarde en Canada y finalmente antes de regresar a España en el 1991 en Manhattam. Solo así, viviendo lejos, evitó la presión del entorno y pudo encontrar una sintaxis personal que permite asegurar su autoría aunque uno se encuentre a treinta metros de distancia de la obra. Una obra en la que destaca la utilización del negro para conseguir en contraposición de colores vivos como el rojo y el amarillo unos estudios de luz que entroncan con el misticismo de San Juan de la Cruz y de Teresa de Ávila.


Si ustedes visitan la exposición de Luís Feito lo mejor que puede hacer es olvidarse de mis palabras, porque el mismo Feito ha declarado que le resulta deprimente que para entender sus obras el espectador deba ser preparado con sermones, que es lo que hacemos los que cargamos con esa dura y desagradecida tarea de hacer crítica artistica.