Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 30/12/02

 

Gelabert

los colores que amó




En la bibliografía sobre nuestra pintura, que no es nada escasa, se reserva el papel de ”maudit”” al pintor Antoni Gelabert Massot. Lo que es difícil saber si esta calificativo fue querido por el propio pintor o si fueron las circunstancias los que le convirtieron en un marginal a pesar de su voluntad. A favor de la primera hipótesis está su trágico y voluntario final. El suicidio es la mas radical manera de protestar contra el papel que la vida nos ha deparado, pero Gelabert no fue un suicida tempranero: lo hizo a los cincuenta años cuando la vida le había proporcionado suficientes desengaños, es decir cuando la circunstancias ya habían modelado su instalación en nuestra sociedad.

Quien visite la revisión sobre la obra de Gelabert que en estos días nos ofrece la sala de exposiciones de Sa Nostra probablemente se pregunte que es lo que hizo posible este desencuentro entre quienes deberían haber comprado obra de Gelabert y los gustos del propio pintor. Mi hipótesis es que la causa —no me atrevo a decir la culpa— hay que buscarla en la fidelidad que Gelabert tuvo. Fidelidad a sus amistades y a la técnica que dominaba, aunque probablemente se trata de una misma fidelidad. Quiero decir que aunque Gelabert fue un autodidacta no dejó de tener influencias y estas se pueden concretar en cinco personas. En primer lugar a los pintores catalanes que a inicios del siglo pasado visitaron Mallorca y la pintaron con unos colores que eran inimaginables en la pintura académica mallorquina. Me estoy refiriendo claro esta a Santiago Rusiñol y sobretodo a Joaquim Mir Trinxet. Alguno de los cuadros que ahora se muestran en Sa Nostra podrían estar firmados por el catalán alocado y nadie detectaría la falsedad. Pero en el estilo de Gelabert también se pueden detectar influencias de otros mas jóvenes y casi coetáneos de Gelabert como Pedro Blanes Viale, Anglada Camarasa, o Francisco Bernageri. ¿De qué se enamoró Antonio Gelabert? A mi modo de ver básicamente de los colores que aquellos pintores utilizaban contra los consejos de la Academia. Era unos colores que permitían dar un paso fundamental. Se trataba de representar no los objetos, sino los sentimientos de los espectadores. De trabajar no con el presente fosilizado como lo hacia la pintura académica sino con el futuro o con la memoria. La pintura académica era, por así decirlo, mucho mas objetiva, la de Gelabert y sus compañeros más subjetiva. Quien ve la primera sabe que su visión es muy parecida a la que tendrán otros espectadores. Quien veía en cambio la pintura impresionista o postimpresionista tiene la sensación de tener unas vibraciones particulares e intransferibles. Como particulares son nuestros recuerdos o nuestras esperanzas.

Se ha dicho repetidas veces que el impresionismo tuvo dos orígenes. Uno que dicha tendencia describía el paisaje como se ve desde la vehículos de locomoción que en aquellos tiempos habían multiplicado la velocidad. Es la visión que tiene el que viaja en tren. El otro gran pilar en que se apoyaba el impresionismo era el intento de presentar no el espacio sino el tiempo: de representar un instante preciso de la vida. Esta luz propia de un determinado momento se conseguía con unos colores nuevos. La observación de las pinturas de Gelabert permite creer que el barbero de la illeta de Cort tenia este mismo objetivo de representar el tiempo con los colores pero a mi me parece que invertido. Quiero decir que probablemente Gelabert escogía primero los colores y luego esperaba el momento y el lugar cuando y dónde aparecían. Esto no es fácil en otros sitios, pero sí en Mallorca en cuyo paisaje de pueden encontrar cualquier los colores soñados. Basta desplazarse unos kilómetros o esperar una determinada hora para ver el púrpura de las rocas, los violeta de los cielos el blanco purísimo de los almendros floridos o delas nubes que aparecen tras las montañas azules. He intentado exponer cuales eran las “razones” del atrevimiento de Gelabert, mas difícil se me haría imaginarme las de una sociedad que siguió prefiriendo las pinturas objetivas, pero abirridas, de Ankerman o de Ribas a las subjetivas i emocionantes de Antonio Gelabert.

Se acercan la festividad de los reyes. Por eso me permito la licencia de aconsejarles un magnífico regalo para algún ser querido. Se trata del excelente catalogo que se vende en la exposición. Es un catalogo en el que el nuevo académico José M. Pardo Falcón ha trabajado con intensidad, tiempo y preparación. Hay , en él, una cuidada biografía de Gelabert, reconstruida gracias al archivo personal que dejó el pintor y una relación cronológica de las obras que se conocen del pintor en la que se indica la supuesta fecha en que fue pintada —tarea dificilísima si se tiene en cuenta que Gelabert casi nunca databa sus cuadros— el título o motivo, la técnica, el propietario y las procedencia. Compren más un ejemplar. Si solo compran uno, se lo quedaran para ustedes y no harán feliz a la persona amada, que es lo que se trata para reyes.