Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 2/09/03

 

Guillem Nadal

paleontología de la poesía




Hace apenas un mes murió un de los escritores por los que he sentido mas admiración —o, si ustedes quieren, más envidia— desde que lo descubrí en una obra que se titulaba “El pulgar del panda”, un libro que he comprado cinco o seis veces y que ahora sigo sin poseer. Entiendo la avaricia de quienes no me los han devuelto: debe costar mucho desprenderse de esta joya. El autor, que acaba de morir a los sesenta años y tras una larga lucha de nueve años contra uno de los cánceres más indomables de los que existen —un mesotelioma— se llamaba Stephen Jay Gould y era catedrático de paleontología de la Universidad de Harvard. La envidia que he sentido por Jay Gould no se debe tanto a su distinguido puesto docente ni a haber conseguido que sus libros de alta divulgación científica se convirtieran en auténticos “best sellers”, sino por el hecho como disfrutó de la vida en sus sesenta —pocos, ¡ay!— años de existencia. Cuando digo que Jay Gould disfrutó de la vida no me refiero a que Stephen no fallara en ningún palo, como así era, entre otras cosas er un aficionado a las carreras de caballos y al beísbol sobre el que escribió artículos memorables. No, lo que yo envidio sobretodo de Stephen Jay Gould fue su capacidad de entender la vida. Para ello, con esta única finalidad, estudió incansablemente los restos de animales muertos hace miles de millones y supo mostró de manera fascinante e intelible las múltiples soluciones que los seres vivos encontraron para resolver su principal problema que fue y es, sin duda, el de la supervivencia y la reproducción.


Me acordé de Jay Gould cuando visité la exposición que ofrece Guillem Nadal en el Convent de la Pelaires. Tengo la impresión —apenas he cruzado dos o tres palabra con él—que algo tienen en común Jay Gould y Nadal. Ambos son unos apasionados de la vida y buscan encontrar los secretos de la misma en los restos que esta vida ha dejado sobre la tierra. El objetivo de Gould es encontrar la explicación; el de Nadal, la poética. Los objetos que Nadal busca y encuentra no son tan antiguos como los de Gould, pero si son casi todos ello restos de seres vivos que el tiempo —la erosión que se produce con el tiempo— ha trasformado. Nadal los descubre, a veces lo ensambla, les confiere otra dimensión y nos descubre la poética de aquello que un día fue vivo y ahora parece sepultado por los tiempos modernos. Quizá haya en la propuesta de Nadal una cierta reivindicación de los maravillosos y poéticos secretos que la naturaleza mallorquina —o la historia de la naturaleza mallorquina— todavía ofrece a los que saben buscarlos entre el indiscutible deterioro arquitectónico y urbanístico que ha producido la industria turística. Que algunos que han construido estos bodrios turísticos tengan, según me dijeron algún dia, en sus casas particulares obra de Nadal es una paradoja de la cual, ya se sabe, no han podido librarse ni uno solo de los artistas más comprometidos. Hay en la exposición dos montajes —Nadal dice que no se atreve a llamarlos esculturas— que son enormemente sugerentes. El que más he comprendido o sentido es el que está en el patio donde contrasta la liviandad de una barca con los sacos que la rodean rellenos de materiales que parecen muy pesados y están en consecuencia, muy atraídos por el suelo. Lluvia de plomo que es la antítesis, ya digo, de la barca que parece no estar sometida a la ley de la gravedad. “Dura lex, sed lex”, que dijo Bachelard refiriéndose a la ley de Newton.


Los cuadros de Guillem Nadal llevan como título en muchas ocasiones el de “mapas”. Yo creo que son mapas de pequeñas porciones de terreno en donde Nadal nos expresa como los acontecimientos naturales pueden modificar un pedazo de tierra. A veces son trozos de tierra que parecen abrasados por el sol y en otras ocasiones parcelas de arena sobre las que el viento ha soplado produciendo surcos y los montículos. Erosiones que al lado de espacios mas geometrizados parecen representar la dialéctica entre naturaleza y racionalidad.


Yo creo que no es difícil detectar en la elegante obra de Guillem Nadal influencias de Tàpies, de Barceló de Kiefer e incluso del propio Miró. Yo, que no acabo de comprender bien la mentalidad de los artistas, no sé si esto ultimo que he dicho molestará al artista. Pero yo les puedo asegurar que si alguien me dijera que en mi prosa se notan las influencias de Joan Fuster o del propio Stephen Jay Gould, daría saltos de contento.