Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 24/10/01

 

Gabriel Mestre Oliver

erotismo municipal


Pintura posterior de G. Mestre Oliver


No seria sincero si dijese que el viaje a Felanitx fue un delicia. Quizá lo hubiera sido en otros tiempos, pero ahora en el mes de Agosto no lo es. Uno añora la seguridad del avión cuando circula por la carretera que va por Algaida, Montuïri, Porreres. Pero no es solo por el riesgo por la que uno padece: es por la belleza perdida de los campos que se divisan desde el asiento. Unos campos agostados en donde se están exterminando los árboles que fueron sembrados daban sombra y frutos. Por mucho que mi amigo Gabriel Company me lo intente explicar sigo sin comprender como la administración central y autonómica sigue subvencionando unos productos excendentarios en toda Europa —las gramíneas y la leche— que consumen inútilmente dos de los bienes mas preciados y escasos de nuestro territorio: el agua y los árboles. Estuve a punto de bajar y, como si fuera el abuelo de Saramago, abrazarme a aquellos albaricoques y algarrobos supervivientes.


Pero no acudí a la sombra casi postrera de los algarrobos porque quería llegar a tiempo a la fiesta a la que iba. Al pregón de la Fiesta de San Agustín y a la inauguración de la exposición de Gabriel Mestre Oliver titulada 25+1 que ocupará durante las fiestas de Felanitx las salas de la Casa de la Cultura del Ayuntamiento.


No es fácil decir un pregón en Felanitx. Felanitx es sin discusión el pueblo de Mallorca donde hay mayor concentración de lo que los ingleses llaman “brain power” y eso pone las cosas difíciles. Tanta inteligencia y el escepticismo que la acompaña impiden o. al menos, desaconsejan los pregones líricos y sentimentales. Lo entendió perfectamente el pregonero —Joan Mir— que empleó su probada capacidad de ironía critica para recordar las fiestas de antaño: las “festes llunyanes”. Joan empezó su sermón diciendo que en los días de fiestas los que no trabajan en todo el año —los políticos y los rentistas— deberían dejar el protagonismo a los que laboran duro de San Esteban a Navidad: a los bandarras, perdidos, pintas, mujeriegos, borrachos, bullangueros, poetas, desheredados, desviados etc.


Yo creo que Gabriel Mestre Oliver desearía, como yo, ser considerado el segundo grupo. Aunque su profesión docente le impide adherirse oficialmente al grupo de los que están en contra de lo establecido, Gabriel Mestre Oliver decidió, desde hace mucho tiempo, hacer un pintura poco convencional. Renunció desde el principio el paisajismo ramplón y al costumbrismo provinciano y decidió explorar las posibilidades que le daba la pintura rabiosamente acrílica y plana para hablarnos de su visión del hombre como una especie de arlequín o torero al que le toca jugar un papel teatral que no he escogido. En su sabia huida del academicismo y de los marcos sociales excesivamente determinados Mestre Oliver acudió a beber en las fuentes del primitivismo y de la esencialidad. Quiero decir que se dejo enamorar por el Continente Africano, donde viaja a menudo para conocer lo que es un noche estrellada en el desierto o para saber cómo consiguen los colores de la tierra los nativos del continente de donde procedemos ancestralmente los europeos. Hace veintiséis años que Gabriel Mestre Oliver pinta y en la exposición se puede seguir este proceso de búsqueda de la sencillez que le ha llevado en algunos de los últimos cuadros no sólo ha pintar temas de carácter africano sino a pintar como un africano. Meta mucho más difícil de lo que parece. Quien acuda a ver la exposición hará bien en fijarse en unas obras sobre papel en las que Biel ha utilizando como pincel un gamón y que parecen pintadas en el paleolítico. Una excursión a las raíces de la pintura.


Ya he dicho que la exposición de Mestre Oliver se titula 25+1 queriendo indicar que es una antología de veinticinco años de producción más los cuadros que ha pintado en el último año. Si yo fuera un crítico con pretensiones y creyese en el psicoanálisis hablaría de la forma fálica que tiene el numero 1 y justificaría, así, el tema estos últimos cuadros de Biel que no es otro que el erotismo: “ars amandi” se titula la serie. Un erotismo duro, descarnado, un poco al modo picassiano, que por no respetar no respeta ni el marco del cuadro. No, no me entretuve rumiando en la falacia del número 1. Lo que ocupó mi pensamiento fue la reflexión sobre la diferencia que existía entre los tiempos no excesivamente lejanos de represión, de los que nos había hablado Joan Mir, y esta época en que vivimos en la que el erotismo ocupa incluso las salas municipales. En el día de la inauguración había niños, viejos, algún beato y bastante gente de orden, y les puedo asegurar que no vi ni un solo rostro escandalizado. Cuando observaba las pinturas y la faz de quienes las miraban me pregunté que era exactamente lo que había pasado en este pequeño país desde que Mestre Oliver empezó a pintar. ¿Cuántos cambios se habían tenido que producir para que el fornicio ocupara los recintos municipales sin ningún tipo de cortapisa ni escándalo? Y ¿a quién debíamos el milagro: a los que no trabajan en todo el año —a los políticos, y capitalistas según el esquema de Joan Mir— o a los trabajadores empedernidos de la libertad: a los banderas, a los pintas, a los fornicadores, a los crápulas? ¿O a las artistas como Gabriel Mestre Oliver?