Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 12/04/02

 

Julio Balaguer

la soledad ensimismada


Obres 1984-2002

Casal Balaguer. Palma

Marzo y abril



Si afirmase, ahora, que Porto Cristo, el puerto de Manacor, es un lugar ideal para quien busca la soledad habría mas de uno que se reiría de mi. Porque tendría en la retina o, mejor, en el área cerebral que guarda los recuerdos visuales y auditivos, la imagen de un Porto Cristo en pleno verano con multitud de turistas que llegan de visitar las cuevas y que buscan algunos de los restaurantes que existen para degustar —es un decir. nunca he tenido suerte en aquellos parajes— una paella y una jarra de sangría. Esta es posiblemente la imagen que ustedes tengan, pero mi idea —ya lo he anunciado— es contraria y es durante gran parte del año Poro Cristo es un lugar donde se siente en la piel la soledad. Es esta soledad no de un tierra virgen, sino una más intensa: la de una tierra abandonada. ¿Han paseado ustedes alguna vez en un día de invierno lluvioso por una playa que en verano es siempre un lugar alegre y bullicioso? Si no lo han hecho háganlo y verán como son capaces de sentir hasta el tuétano la sensación de soledad, de abandono, de tristeza casi infinita.


Es desde este lugar profundamente solitario, que es Porto Cristo, desde donde realiza, hace mas de veinte años, su obra Julio Balaguer, nacido en Palma, en 1957. Julio no es un solitario pasivo sino activo. Quiero decir que la suya no es una soledad encontrada sino una soledad buscada con determinación e insistencia. Una soledad que solamente admite una compañía que es la música. Una música de Rock, de Jazz o, preferentemente, de Opera, que suena en una de los pocos muebles que hay en su estudio. El deseo de soledad era —y es— tan radical que Julio decidió prescindir de maestros y de influencias. Cuando era joven asistió durante un año a clases en la academia de Xim Torrents. Allí aprendió —confiesa— a encajar, pero se aburría mucho y lo dejó para emprender los caminos del autodidactismo. Julio dice que en sus escasas visitas que ha hecho a los museos le han gustado los cuadros de Cezanne y de De Kooning, pero que en absoluto tienen que ver con su pintura, que la visión que tiene del mundo y de la pintura nace del interior de su cerebro, cuando se enfrenta con absoluto aislamiento con la tela que ha preparado con linaza y aceite. A pesar de sus afirmaciones, de las que no cabe dudar, quien visite la exposición del Casal Balaguer no podrá evitar pensar en otros dos pintores mas cercanos a nosotros. El primero de ellos es Jaume Mercant. Hay algunos paisajes en la exposición —pocos en total— que parecen salidos de la mano de aquel pintor que nos enseñó cómo sería la magia de nuestra tierra si la humanidad desapareciese. Hay que decir, sin embargo, que en los paisajes de Julio Balaguer se ha desvanecido por completo aquella pequeña esperanza y alegría que había en los de Jaume Mercant. Son todavía más desolados.


El otro pintor al que recuerdan los cuadros de figuras humanas de Julio Balaguer —la mayoría de la exposición— es, sin duda a Richt Miller, el extraordinario pintor americano que decidió abandonarnos para siempre. Las figuras de ambos están cargadas de melancolía, de nostalgia de desconcierto, como si recriminaran la decisión de quien los engendro y decidió traerlos a este mundo, que no entienden ni les agrada. Son personajes que viven al lado de muñecas y de marionetas y el espectador a veces se pregunta si están más vivas la marionetas o las personas.


Ya digo que no me atrevo a afirmar estas influencias y que muy bien podría darse el caso de que fueran visiones simultáneas y múltiples. Pero si me atrevo a lanzar una hipótesis que es la siguiente. Julio Balaguer ama tanto la soledad y odia tanto la “xerrameca” que cuando pinta personajes los pinta no como él es, sino como desea que sean los que han de convivir con él: serios, desconcertados, ensimismados, autistas, y sobretodo, callados, o todavía mejor, que no tengan nada que decir.


Cuando salí de la exposición, cabizmundo y meditabajo, pensé en la intriga que, a pesar de todo, transmiten los personajes. Una intriga parecida a la que existe en los cuadros de Magritte. También pense en aquella película de Antonioni que se llamaba “La nocte” y que no era precisamente una fiesta, pero a la que la cartelera Turia, nuestra Biblia cinematográfica de cuando entonces, calificaba de “visión imprescindible”. Quizá como la exposición de Julio Balaguer.