Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 16/08/01

 
Joan March 2



Escribí no hace mucho, con respecto a Joan March, que el de Pollença era un pintor “trescador”. No me es fácil ahora que quiero escribir otra vez sobre Joan March y tengo hacerlo en castellano encontrar una buena traducción para la palabra “trescador”. Alcover y Moll —dos santos de mi devoción— indican en sus diccionarios que el verbo “trescar” puede traducirse por andar a por apeonar, pero a pesar de su autoridad debo decir que no aciertan. Andar tiene un sentido de acción gratuita y, si me apuran, bobalicona. Una persona solo anda porque no tiene nada que hacer o porque se lo ha recomendado el médico. “Trescar” no es sólo andar, sino caminar fijándose en las cosas y con la expectativa o, al menos, la esperanza es encontrar algo provechoso. Los perros de caza “tresquen” por el campo y la garriga guiados por olores que les llevan donde están la presas. No dan pasos en vano El propio Alcover dice en una de sus rondallas que las abejas por el mes de mayo “trescan” de flor en flor a fin de recoger el néctar que les permitirá fabricar la miel. Yo cuando utilicé la vocablo “trescador” para Joan March lo hice en el sentido de los perros o de las abejas. Quise decir que Joan March recorre los maravillosos senderos que existen en su tierra de Pollença no solo para disfrutar y mantener su forma física, sino para encontrar algún elemento de la naturaleza para incorporarlo a su obra: para metaforizarlo y poetizarlo.


En la exposición que Joan March presenta ahora en la galería Bennassar de la Plaza Mayor de Pollença se siguen mostrando muchos elementos que son producto de las “trescadas” de Joan. Lo que pasa es que ahora Joan a reducido el terrenos por el que tresca, si se me permite incorporar este vocablo ya sin comillas. Juan ahora tresca en su casa en su estudio, el algún taller industrial. El número de pasos es más reducido, pero los hallazgos igualmente sugestivos y sabrosos. Antes era un canto rodado, un caracol, un tronco, y ahora son un estropajo o un pedazo de cemento desprendido, un papel de vidrio usado. Es igual lo que importa, ya he dicho, es poetizarlos e integrarlos en su obra.


¿Cómo consigue Joan March esta poetización y esta coherencia entre lo que hallazgo y lo que es premeditación, entre lo que es “collage” y lo que es pincelada? La respuesta no es sencilla, pero es posible que la filosofía de la naturaleza no ande lejos del asunto. Quiero decir que a la hora de observar y recomponer el mundo —tarea que debe realizar todo pintor— Joan March tiene presente dos ideas muy poderosas. La primera es la que expresó de forma magistral el más poeta de los filósofos griegos. Heráclito aseguró que lo más constante es el cambio. Dijo que nunca se repetía un baño en el mismo río. La segunda idea es que el mundo orgánico —el mundo de los seres vivos— dos fuerzas parecen presidir todos estos cambios: el sexo y la muerte. El desarrollo de las embriones es una constante en la pintura de March y las paradojas que se producen entre el origen y el fin de la vida son exploradas con gracia e ironía La vida parece surgir por doquier con una fuerza incontenible y el pintor algunas veces parece estar allí para dar testimonio de este desplegamiento de la vida; en otras parece, incluso, que ha sido el artífice de estos nacimientos sorprendentes.


La técnica que Joan March emplea para dar a conocer su mundo es altamente innovadora. Utiliza como soporte la madera, el lienzo, el papel Japón con pétalos, pero su intervención no limita a la superficie visible del lienzo, sino que utiliza el verso de la tela para inyectar materiales como la cera, que vistos por el recto dan la impresión de ser lagrimas que subrayan la elegancia del gesto pictórico y que ayudan a dar profundidad y trasparencia a la pintura, dos de los objetivos técnicos que persigue Joan March.


Los estudiosos de la historia del arte ha subrayado la importancia que han tenido los cambios de escenario. De cómo Roma fue sustituida como centro de gravedad del mercado artístico por Londres o por París. En nuestro pequeño país también pasa esto. Algunas lugares que en invierno parecen adormecidos para el arte despiertan esplendorosamente en verano y compiten con Palma en atractivos. Un caso claro es el de Pollença. Sin salir de su tan significativa plaza el visitante puede ver la exposición de Joan March en la Bennassar y, a dos pasos, la de José María Sicilia en la Maior. El viaje resulta absolutamente recompensado.