Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 26/10/01

 

José Aranda

pintar como un príncipe



Pere Duran Farrel fue Presidente de la Compañía del Gas de Barcelona, una potente empresa catalana con intereses también en Sudamérica. Cada año Pere Duran reservaba parte de sus vacaciones para ir a pasar varios días en el desierto africano. Le oí una vez explicar cual era la razón de que un hombre como él —racionalista, técnico, respetuoso con la lógica económica— sintiera tanta fascinación por el desierto. Decía que la primera cualidad que tenia el desierto era el tacto con la arena. Pisando la arena el hombre sentía una especial unión con el mundo. La segunda virtud del desierto era su falta de polución acústica: se podía hablar en voz baja con una persona colocada a cien metros y no perder palabra. El tercer aspecto maravilloso del desierto era la luz de las estrellas. Duran decía que él, de noche, podía leer el periódico sin ayuda de ninguna luz artificial.


Estas y alguna otras sensaciones profundas y elementales podrá sentir el espectador que visite la exposición que José Aranda presenta estos días en la galería Maneu. Son cerca de una treintena de obras que tienen como tema el impacto que un viaje a Etiopía y Eritrea produjo en una mentalidad tan especial como la de José Aranda. Algunas de estas obras — las realizadas sobre papel— fueron pintadas en África, otras —las realizadas sobre tela— fueron trabajadas en el estudio que el pintor tiene en Ses Salines, aprovechando el recuerdo, todavía reciente, del viaje.


Aunque hay muchos puntos en común entre las palabras de Duran Farrel y la pintura de Aranda, el espectador debe saber que se trata de dos individuos absolutamente distintos. Duran Farell no solo fue un personaje absolutamente integrado en la sociedad de su tiempo, sino que con su labor la ayudó a configurar esta sociedad. Aranda es todo lo contrario: un hombre lastimado por esa sociedad. Herido —dice— por la falta de autenticidad de los hombres, por la hipocresía reinante, por la mercantilización absurda. Aranda es un incomformista y yo creo que un romántico. El romanticismo trajo un nuevo tipo de artista: el artista-príncipe. Quiero decir un artista que es un príncipe para si mismo y que, por tanto, no admite ninguna otra ley ni autoridad que la que cree que ha encontrado en su interior.


Esta es, en mi modesta opinión, lo que explica la vocación y el estilo de Aranda. No hace falta que les diga que quien decide actuar como un príncipe y dictar su propia ley difícilmente admite maestros. Muchos fueron los que quisieron imponer sus gustos a Aranda, pero no lo consiguieron. Siempre supo huir de los profesores que querían replicarse y buscó su camino entre aquellos que como él estaban decididos a vivir en la acera de enfrente. No fue fácil encontrar estos compañeros de viaje. Los persiguió en Barcelona, en Madrid, en París, en Nueva York y se llevó algunos desengaños. Conoció pintores que decían perseguir el compromiso y la experimentación y cuya principal preocupación era mantenerse en una buena colocación en este “ranking” que los críticos y los galeristas establecen. Pero Aranda no cejó en su empeño de encontrar una familia espiritual con quien identificarse. Unos hermanos en quien apoyarse. El primero de ellos fue Antonio Saura que le hizo perder el miedo frente al lienzo diciéndole que cerrara los ojos y diera un brochazo decidido y que lo demás vendría dado. Después de Saura vinieron los Kokoschka, Soutine, Bacon Van Gogh, Modigliani. Y Herry Miller y Verlaine Unos creadores que también habían decidido ser príncipes y, como Aranda, hacer caso omiso a las reglas de la academia. Con ellos se disfruta de vivir.


Antes de que Aranda decidiera ser también príncipe en la vida real —tomarse la justicia por su mano— y que por esta razón fuera a parar una temporada a la cárcel, él y su princesa emprendieron el citado viaje África en busca de una sociedad en donde reinara el primitivismo y la ingenuidad. En París había sido asiduo del Museo del Hombre y se había imaginado que podría existir un mundo natural y bueno. Sin mercatilización y sin explotación. Fue a Etiopía y Eritrea y encontró un mundo tan cruel o mas que el nuestro. Unos hombres desamparados y unas tierras que parecían haber perdido el sentido. Ahora inundadas y poco después desérticas. Donde el agua se escapaba por sitios inverosímiles. Un paisaje abstracto, con noches estrelladas y mares rojos, con espejismos palpables y realidades diluidas. Con unos hombres, unas mujeres y unos animales absolutamente resignados y melancólicos. Unos hombres que dejan pasar el tiempo sin concebir ninguna esperanza. Que viajan en una barcaza absortos, escuálidos e impasibles. Éste es el material de Aranda.


Aranda ha pintado estas observaciones y vivencias como un príncipe. Como tal, ha hecho caso únicamente a las leyes éticas y estéticas que el mismo se ha dado. Ha arriesgado y ha acertado. El resultado es muy emocionante.