Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 16/08/01

 
José María Sicilia

Hacer florecer una rosa



No se tomen ustedes demasiado en serio el origen de la cita, que yo creo que la leí alguna vez en el poeta chileno Vicente Huidobro, el propugnador del creacionismo. Ni tampoco sean excesivamente pejigueros en las palabras exactas, que pienso eran estas: “¿Por qué cantáis la rosa, oh poetas? Hacedla florecer en el poema?”. Sea cual sea el padre de la criatura, y no importa que palabras se hayan usado, la idea es esa: el arte no debe representar la rosa; debe, con su ingenio, hacer nacer la rosa.


Yo no sé si José María Sicilia ha leído a Vicente Huidobro. Las preferencias literarias que ha declarado son otras —San Juan de la Cruz, por ejemplo— pero en todo caso estoy seguro que firmaría el consejo del autor chileno: no hay que representar la rosa, hay que hacer nacer la rosa en el lienzo, a través del ingenio.


Elevadas dosis de este ingenio ha utilizado Sicilia para construir los cuadros que ahora cuelgan en la galería Maior de Pollença. Y en ellos han florecido rosas. Se lo aseguro. Una muestra del saber hacer del madrileño afincado en Sóller es la utilización de la cera como tela del cuadro. José María confiesa que comprendió las posibilidades de la cera cuando vio que la utilizaban para hacer un injerto a un árbol de su jardín de Sóller. Obsernvando el injerto y al ver como se condenaba una rama a la muerte y era sustituida por otra qu viviriae, José María Sicilia aprendió algo mas.Entendió que en este mundo muchas cosas están ligadas a sus contrarias, como la vida y la muerte; la luz y la oscuridad; la noche y el día; las alboradas y el crepúsculo; el azar y la necesidad. Son los opuestos cuya relación explora en su obra el madrileño. Lo hace con intensidad y pasión. a vida o muerte.


La cera, ya digo, ha sido el último un gran descubrimiento de José María Sicilia. Ha sabido detectar que este producto de las abejas —¿hay que considerarlo orgánico o inorgánico?— tiene una superficie que se parece mucho a la piel, y es en la piel, bien que lo sabemos los humanos, donde quedan gravadas las sensaciones mas profundas que experimentamos. La cera, como la piel, es sensible a las más pequeñas alteraciones de calor, del aire, de la luz, de la ternura. Un ligero soplo sobre nuestra piel puede cambiar nuestra perspectiva del mundo, sobre todo si la persona que sopla es amada y deseada. Un ligero soplo de José María sobre la cera, cuando todavía esta caliente, provoca nuevas texturas, nuevos colores, nuevas formas, nuevas ternuras La cera es igualmente sensible a los cambios del tiempo y de la luz: a las cosas diversas y fascinantes que acontecen en el mundo. Iba a decir que todas las variaciones de la vida quedan registradas en la superficie de la cera que prepara Sicilia. Pero no lo di8go porque no sería exacto. El registro nos remite siempre a realidades pasadas y exteriores, y Sicilia ha conseguido superar el recuerdo del pasado: ha conseguido que estas variaciones consubstanciales con el paso del tiempo estén vivas en el cuadro. Vivas y dispuestas a conectar con nuestros pensamientos, nuestras sensibilidades, nuestras ansias de vivir, nuestra ternura.


No todos los cuadros que Sicilia expone en la Maior se hacen con cera como soporte. Sicilia ha trabajado, también, con papel japonés y ha experimentado con intensidad y dedicación la posibilidades de este material. Una material igualmente ambiguo y contradictorio que no es ni trasparente ni opaco. El pintor ha analizado cómo se impregna de colores y qué diferencias y cualidades aparecen cuando trabaja sobre el recto o sobre el verso. Ha experimentado para saber cómo compiten y cómo se complementan los pigmentos. El material, digo, es diferente, pero la intención es la misma: conseguir que la rosas —la poesía— nazcan y se desarrollen en el cuadro. Saber cuanto tiempo permanecerá viva esta poesía y esta magia es un interrogante cuya solución no es ajena a nuestra voluntad. Las de Monet y Cezanne, algunos de los claros antecedentes de Sicilia, todavía perduran.


Permítanme que, para acabar, les cuente que un amigo mío, el ceramista Lluís Castaldo acompaño un día a José María Sicilia a recoger cera a una panal. Las cosas se complicaron porque las abejas les prestaron más atención de la que ellos creían y se introdujeron por los bolsillos y por la camales de sus pantalones. La situación, me aseguró mi amigo, era de lo más preocupante. Solamente el consejo de un apicultor sabio que les hizo entrar en una habitación oscura en la que abrió un rendija de luz —de luz, ahora sí, salvadora— a la que acudieron las abejas pudo conseguir lo que parecía imposible: que sus partes quedaran intactas Si cuento esta anécdota es para asegurarles que mi amigo conoce bastante bien la manera de trabajar de Sicilia y que por tanto sus elogiosas palabras sobre el pintor que hace nacer rosas en sus cuadros tienen todo mi crédito. Incluso cuando me dice que no tenga ninguna duda: que Sicilia es el Mozart de la pintura.