Francesc Bujosa :: Última Hora :: 04/12/01

 

El Juego y los caballos


Billy Wilder uno de los más grandes directores de cine de todas las épocas reunió una importante colección de pintura moderna en la que no faltaban obras de Picasso, Miró, Warhol, Bacon etc. Wilder contó mas de una vez que en cierta ocasión fue a visitarle Walter Mattau, el autor con el que Wilder había rodado tantas películas magistrales como Primera Página o la Extraña Pareja. Mattau era en la vida particular muy parecido a como era en el celuloide y cuando vio los cuadros que le enseñaba Wilder le aseguró que no entendía nada, que no comprendía cómo había gastado tanto dinero en aquellas obras, con lo bien que se lo hubiera podido pasar pasado gastándose la misma cantidad en el hipódromo. Que no había posible comparación. “Qué tardes se ha perdido usted”, le espetó al final de sus protesta. “Pero ahora ya no tiene remedio”.


Walter Mattau expresaba a su manera una realidad incontrovertible y es que hay pocas manera más divertidas de apostar que hacerlo a los caballos. Los que tenemos este vicio —o virtud, según se mire— miramos con incomprensión aquellos que en vez de apostar por una animal al que queremos, o por un preparador al que envidiamos sus métodos, o por un conductor que sabe sacar un rendimiento insospechado al animal eligen para sus apuestas la frialdad de un numero, o el hipotético resultado del Indaucho-Don Benito. Si, al apostar, ganamos, sabemos que es un recompensa a la fidelidad o a la inteligencia con que hemos planteado nuestra apuesta, pero si perdemos tenemos el consuelo que es un mal necesario. Una mal necesario para que las carreras estén dotadas y nos imaginamos que parte de nuestras perdidas serán destinadas a los caballos encuentre campos en donde parecer y establos donde resguardecerse. Los que pierden en otros juegos deben añadir un sufrimiento a su dolor de bolsillo: pensar que parte de este dinero ir a estas empresas que dirigen Ruiz de Lopera, Jesús Gil, o Ángel Fernández.


Y es que los caballos y las apuestas forman un matrimonio clásico y bien avenido. Digo clásico porque es sabido que la relación es de siglos. El dinero se convirtió en una especie de sangre que daba vida, emoción e interés a los caballos y a la pruebas para saber quien era el mas rápido, el más resistente y el mejor preparado. Parte del dinero de las apuestas iba a recompensar al propietario del caballo ganador. Este es el esquema que ha hecho posible que existan carreras en los países más civilizados del mundo. Sin un sistemas de juego que produzca beneficios las carreras están destinadas a desaparecer y con ellas los caballos y la cultura que los caballos exigen y proporcionan.


Lo que he dicho en general puede repetirse en el caso particular de las Baleares. Desde principios del siglo XX las carreras de caballos se convirtieron en el deporte-espectáculo que prefirieron los habitantes de las Baleares. El cultivo de esta afición requirió muchos conocimientos que nuestros antepasados desarrollaron y se formó una tradición y una sabiduría considerable en relación al caballo trotador. El caballo de carreras formó un mundo perfectamente incardinado en una sociedad de carácter predominante agrícola y produjo enormes beneficios. De diversión, de cultura y de relación social, pero también económicos. Los caballos de trote han dado trabajo a centenares de personas y ha permitido que los isleños hayamos tenido una relación con la naturaleza única. Una relación mágica que solo se otorga a quien es capaz de entender esta criatura tímida y melancólica que es el caballo.


He recordado todo lo anterior para declarar que no acabo de entender la cicatería, la desconfianza que algunos muestran cuando los aficionados a la carreras pedimos que la administración ordene el juego de los caballos de tal forma que produzca unos beneficios suficientes para mantener los premios que se dan en la carreras. Que no dependamos tanto de la administración. Sorprende tantas reticencias y tantos temores en una sociedad que ha repartido tantas prebendas, privilegios, licencias en lo que al juego se refiere. Y sorprende aún más que sean los propietarios de estas licencias los que mas se escandalicen cuando los aficionados reclamamos para el juego ligado a los caballos mismos privilegios de que ellos disfrutan. Me gustaría que alguien me explicase ¿por qué razón si algún día decido jugar no puedo elegir a quien va a ir dedicadas las pesetas que probablemente perderé? ¿Por qué no puedo tener el consuelo de saber que irán destinadas a fomentar una actividad tan nuestra, entrañable y culta como son las carreras de caballos?