Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 28/12/01

 

Miquela Vidal

las arrugas de la memoria


“25 anys amb l’art”

Auditorium de Campos

Hasta el 1 de Enero 2001


Cuando estudié neurología aprendí que el sitio donde guardamos los recuerdos tiene forma de pliegue o de arruga. Los neuroanatomistas dicen que la arrugas de la corteza cerebral son un recurso de la materia viva para aumentar la superficie sin aumentar el volumen. Es posible. Lo que es seguro es que la superficies arrugadas evocan, en nosotros, tiempos pasados y recuerdos de seres que ya se han ido. Yo no sé si Miquela Vidal era consciente de estas reminiscencias que nos sugieren las arrugas, pero, en todo caso, las ha sabido utilizar con eficacia cuando ha querido saldar su deuda con dos personas que tanto significaron en su vida: su madre y su padre. No ha sido solo las arrugas —en papeles antiguos, en fotografías pasadas, en cartones humedecidos— los materiales que Miquela Vidal ha utilizado para fijar sus recuerdos. Ella ha creído —y ha creído bien— que cualquier objeto merece nuestra atención si ha sido dignificado por el contacto con un ser querido.


El padre de Miquela tenia un taller de bicicletas en Campos y recuerda, Miquela, que su progenitor tenia una gran dosis ingenio. Es castellano se reservó esta palabra de ingeniero, derivada de ingenio, a aquellas personas que sabían como hacer funcionar la máquinas y es por eso que Miquela siempre consideró a su padre como el mejor ingeniero que ha conocido. El ingenio debe desarrollarse en el lugar adecuado, con los instrumentos pertinentes y con un mínimo de orden. Los instrumentos, los materiales, los cajones organizadores que aquel ingeniero de bicicletas son aprovechados ahora por su hija para evocar tiempos y seres amados. Y con los seres amados, los perfumes —o los olores, mejor— que los rodearon como. Incluso aquellos olores que oficialmente no tiene buena consideración pero que amamos porque forman parte de nuestra infancia. Miquela añora el de los disolventes. Yo conozco algunos ejemplos aparte de los de Miquela: el olor a pezuña del hijo del herrador, el de cola en el encuadernador, el de plomo del lampista.


¿Cómo ha realizado, Miquela Vidal este trabajo de evocación de su infancia, de sus familiares, de sus olores? La respuesta creo que es clara. Miquela ha puesto en el empeño todo lo que poseía. En primer lugar su talante y su capacidad personal. Y junto a su personalidad todos la saberes que ha acumulado en los años de aprendizaje. Esta formación se inició cuando se matriculó en l’Escola d’Arts Aplicades de Palma y continuó en las academias que regentaban Pascual de Cabo y Joan Vich. Estos profesores formaron a Miquela, pero también la reprimieron. Quiero decir que le inculcaron la querencia por la pintura lisa —como la de Velázquez— mientras que Miquela era más partidaria de la pincelada gruesa, de los grumos, de las superficies menos relamidas. Como Goya, para entendernos. Esta imposición de la superficie lisa hizo que, como reacción, Miquela comenzara a sentir vocación por la tercera dimensión y por la escultura. Transcendente fue, para nuestra pintora, entrar a formar parte, más tarde, del grupo de artistas que hacían grabado y que trabajaban en los talleres San Felio y Torculari. Son saberes que ya forman parte de su personalidad enérgica y decidida.


Miquela iba perfecionando todas las facetas de su oficio mientras que en Campos sus padres seguían su aventura de la vida. La madre era la encargada de llevar la administración de la familia mientras que su padre con su ingeniosa imaginación y con su maquinas ayudaba a sus paisanos volar y a gozar de la libertad. ¿No es el ir en bicicleta el acto mas cercano al volar? y ¿no fueron las motos una de las máquinas que mas libertad nos concedieron a los que entonces éramos jóvenes? ¿quién es el pánfilo que ha dicho que las maquinas esclavizan al hombre?


La historia de aquellos dos seres que vivían en Campos acabó casi de forma simultanea y su hija pintora, duramente golpeada por los acontecimientos, decidió sacarse la espina y, como he dicho, puso sus sentimientos, sus recuerdos y su saber artístico al servicio de esta misión de contarnos como vivió su infancia y qué significaron para ella sus padres. Las obras que realizó y que ahora enseña en el Auditorium de Campos son complejas porque en ellas interviene un preparación del material —el lienzo o el tablero— destinada a mostrar las irregularidades de las superficies y porque en estas superficies Miquela encuentra espacio para poner pintura, algún objeto, y fotograbados de rostros amados. A veces aparecen viejos papeles arrugados y desleídos de aquellos que guardan la familias en algunos cofres y que hacen referencia a los bienes o las deudas que tenían nuestros antepasados. Se leen en ellos frases escuetas y sencillas pero que condicionaron el devenir de aquellos seres lejanos. En la exposición de Miquela Vidal hay también escultura hechas con objetos encontrados —unos radios de bicicleta, unos enganches de carro, una cadena— que Miquela ha dignificado y cambiado de significación. Son pedazos de hierro que ayudaron a sobrevivir a su familia y que ahora sirven para evocarlos. Para quererlos como entonces.