Francesc Bujosa ::

 

Maraver

El campo y la ciudad



Son millones, sin salir de nuestra nación, el número de personas que hemos sufrido uno de los cambios más radicales que pueden darse en una biografía. El cambio consiste en pasar de vivir en un ambiente rural a uno urbano. Esto imprime en el carácter una huella indeleble. Yo, que tengo tan pocos motivos para presumir, si me jacto de adivinar a los pocos minutos de conocer una persona quien paso su infancia en el campo —en compañía de las gallinas, los conejos, los almendros, los charcos, los arados, las bicicletas— y quien lo hizo en la ciudad con unas calles que solamente conducen a otras calles, con azoteas, tejados, antenas de televisión, autobuses, tranvías, ascensores. Les diré incluso un secreto: siempre tengo un poco de aprensión por las ciudades y me encuentro mucho más tranquilo paseando por la calle de un pueblo que no he transitado nunca que por la calle de una ciudad por la que he pasado miles de veces. No creo andar muy equivocado si les digo que pienso que algo parecido le debe pasar a Luis Maraver. Maraver pasó su infancia en Puebla del Río (Sevilla) y luego, por razones familiares. pasó a vivir en nuestra isla y se hizo un mallorquín más. Un mallorquín, sí, pero de pueblo. No lo digo porque cuando pudo se fue a vivir a Binissalem, sino porque en su pintura, en la que prodiga los cuadros sobres ciudades o barrios de una ciudad, lo hace de tal manera que siempre parece extrañarse de este enjambre algo sucio y desordenado que parecen la ciudades. Yo no conozco a Maraver, pero por lo que me han dicho se trata de un autodidacta. Y eso a veces es bueno de creer y otras cuesta más. Es bueno de creer porque la fuerza y la rabia con la que Maraver pinta es una fuerza que no ha sido edulcorada por ninguna academia, pero es difícil de creer porque Maraver va sobrado de recursos técnicos. ¿Cómo los ha conseguidos? Según me cuentan por los dos mejores caminos que hay. El primero es el trabajo, es decir, estando horas y mas horas al tajo o como decía aquel otro artista sumando al diez por cien de inspiración el noventa por cien de transpiración. El segundo camino ha sido el de la amistad. Maraver ha tenido muchos amigos pintores como De Cabo o Tomàs Horrach a los que no ha tenido ningún inconveniente en preguntar cuando le surgía alguna dificultad técnica. Como ustedes habrán adivinado se me ha olvidado otro camino, quizá el más importante: viajar y ver lo que han hecho los otros. Maraver conoce muchas ciudades —París y Berlín— entre otras que poseen magníficos museos donde Maraver ha ido a observar los secretos de los grandes. Si uno tiene, como yo, la cabeza negada no descubre nada, pero si alguien como Maraver nació predispuesto para la pintura de cada cuadro extrae un enseñanza.


Con el alma como una esponja no es nada extraño que ninguna técnica —ni siquiera la escultura— le sea desconocida a Maraveri que los collages y las fotografías estén tan bien realizados que el espectador no sabe que pedazos del lienzo corresponden a una u otra o a la mezcla de varias.


A mi me ha gustado especialmente los cielos de Maraver sus azules y sus claros son como una escapatoria del ambiente opresivo que reflejan sus ciudades, que los hombres han ido construyendo casi sin orden ni concierto y en donde destacan los elementos unidos al poder. En algunos cuadros de Maraver existe una mano con el pulgar dirigido hacia el suelo, en otras está al revés, es decir con el pulgar hacia arriba. Si les tengo que decir la verdad no es sabido encontrar un significado, pero probablemente ustedes serán más espabilados y lo sabrán descifrar y, aunque no sea así, no importa la exposición de Maraver tiene cien motivos para ser observada con detenimiento.

 

Última Hora :: 14/04/03