Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 15/01/03

 

Joan Miró

un cielo inmenso



La anécdota la conozco porque me la contó Pedro Serra. Es un hecho que relaciona a los dos grandes de la pintura española del siglo XX. Ocurrió cuando a Joan Miró se le ocurrió visitar a su amigo Pablo Picasso que vivía en aquel entonces en algún lugar de la Cote d’Azur no lejos de Niza. Cuando llamó Miró a la puerta de la residencia de Picasso, alguna persona de las que procuraban no hacer perder el tiempo al genial pintor malagueño le preguntó, al catalán, qué deseaba. Miró le dijo que quería visitar a Picasso. La respuesta fue algo así como “No estoy seguro de que esté en casa”. Son esas respuestas que permiten decir lo que el dueño de la casa cree más conveniente. Probablemente el guardián del tiempo de Picasso, le comunicó al padre del cubismo que en la puerta había alguien que quería verle y probablemente le sugirió de darle alguna excusa como las que acostumbraba a dar Picasso a muchos de los visitantes que buscaban alguna foto al lado del famoso pintor. Picasso preguntó de quien se trataba y le dijeron que el que pedía entrar se llamaba Joan Miró. Al oír el nombre Picassó reprendió a su guardián y le dijo que hiciera pasar inmediatamente a Miró. Pero no sólo que le dejaran pasar sino que le ofrecieran la mejor habitación de la casa porque quería estar unos días con él. Picasso notó seguramente una cara de extrañeza en su criado y se vio obligado a justificar el trato que había ordenado. Picasso dijo: “Miré, usted, somos muchos los pintores que perseguimos las estrellas del firmamento, pero el único que las ha atrapado es Joan Miró: el hombre al que usted hace esperar en la puerta”.


Si he contado la anécdota es porque cada vez que observo un miró me repito a mi mismo “Cuanta razón tenia Picasso”. Y eso es lo que me paso cuando visite la maravillosa exposición de cuadros que se exhiben actualmente en nuestra —¿de quién es realmente?— Fundació Pilar i Joan Miró, i que corresponden en su mayoría a cuadros que son propiedad del Museo Reina Sofía situado cerca de la estación de Atocha. No les quiero ocultar que me sentí algo irritado al pensar que por no sé que extraña circunstancia estos cuadros debían estar habitualmente en Madrid y no en Palma. No quiero hacer demagogia anticentralista, pero me sigue pareciendo un hurto que los cuadros con que los herederos de Miró pagaron los impuestos sucesorios sean propiedad de los madrileños y no de los mallorquines. ¿Seria inoportuna una manifestación pidiendo que se quedaran definitivamente aquí. ¿No queremos promocionar el turismo de calidad? ¿Hay algo en todas las Illes Balears, que tenga la trascendencia que ha tenido Miró en la historia de la pintura? Si no tuviera que escandalizar yo diría que ni siquiera Ramón Llull, ni la Catedral ni la Lonja. No quise seguir con el cabreo y procuré gozar de la magnífica ocasión de contemplar mirós que no había visto nunca. Cada uno de ellos merecía un viaje a Mallorca. Juntos me arrebataban el alma que parecía encontrarse en el cielo. En la Función había algarrobos con hojas tiernas, un almendro florido, unos tórtolas bebían el agua de los estanques, hasta que un gato negro las ahuyentó. Intenté recordar cual era el estado de animo de Miró cuando se disponía a pintar y mi memoria no me era del todo fiel. Miró dijo en alguna ocasión algo así como “El espectáculo del cielo me encandila y me sobrecoge. Me asombro cuando miro el cielo inmenso y veo la Luna cuando crece o el Sol que ilumina; entonces dibujo humildes objetos en enormes espacios vacíos. Espacios vacíos, horizontes inmensos, planetas vacíos, todo lo que es inmenso me impresiona mucho”. Ya digo que no recuerdo con exactitud la frase. Si algún lector la recordara mejor y me pudiera precisar donde recogí estas palabras de Miró se lo agradecería enormemente. Quiero acabar diciendo que durante la exposición sonaba una música que según leí era de Sansovino. Mi nulo oído me impide pronunciarme si ésta es la música adecuada. Pero para observar aquellas maravillas que vi yo hubiera preferido la compañía de la Música de Erik Satie. O el silencio inmenso.