Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 02/11/01

 

Manuel Ros

El laberinto apacible




El esquema clásico es bien conocido: se supone que existe una realidad externa que el artista subjetiviza con mayor o menor intensidad, que representa esta subjetivización en un lienzo, que luego es enmarcado y que, así delimitado, es transportado a una sala de exposiciones, donde es colgado en la paredes. Quien desea ver los cuadros acude a esta sala y se sitúa a la distancia que le parece conveniente e intenta comprender lo que ha querido decir el artista. Todo queda perfectamente claro. Cada cual sabe su papel y no hay confusión posible.


No se me oculta que han sido muchísimos los intentos de romper con el esquema al que acabo de referirme. El primero ensayo importante fue, posiblemente, el de Velázquez. Cuando uno observa Las Meninas no sabe muy bien cual es el espacio del museo y cual es el espacio que ocupa el cuadro. La pared del museo parece que ha sido desplazada. Otro manera de romper el esquema fue la que intentaron los románticos: unir más íntimamente la obra con la vida del autor. Desde entonces ya nadie ve un cuadro sin relacionar con la biografía de su autor. Con sus penalidades y sus gozos; con sus desesperos y con sus ilusiones. Otro intento magnifico fue poner en solfa el hecho de que existiese una realidad externa al cuadro y eliminar o, mejor, cortar la relación de la pintura con lo pintado. El arte abstracto siguió esta magnifica línea. La pintura que se valía por ella sola sin necesidad de relacionarla con objetos o mundos externos. Pero incluso en aquellos cuadros que no querían representar mas que la pintura y renunciaban a evocar personas, cosas o paisajes ausentes, el orden expositivo seguía siendo básicamente el mismo: había unos cuadros, unos marcos que los delimitaban y unas paredes sobre las que colgaban. Se podía hablar hasta entonces, de la influencia del continente con el contenido: de cómo la percepción de la obra variaba según la luz y el entorno que le ofrecía el sitio de la exposición y variaba, todavía más, según la jerarquía social —museo público, colección privada, galería comercial famosa, pequeño comercio underground— del espacio que albergaba la exposición. No hace falta subrayar que existía teoricamente la posibilidad inversa. Quiero decir que fueran las obras las que modificaran el entorno. Que la obra transgrediera su límites y su influencia impregnara el aire de la sala. Fue una posibilidad poco desarrollada y lo curioso del caso es que quien la consiguió no fue un pintor expansivo ni caliente. Fue, por el contrario, un pintor que buscaba el equilibrio, la concisión, los colores elementales y el orden geométrico. Habrán adivinado que me refiero a Piet Mondrian. Una sala con cuadros de Mondrian obliga al espectador a preguntarse donde están los limites de las cosas: de la paredes, de los colores, de los cuadros: ¿qué es continente y que es contenido? A partir de Mondarían sabemos, además, que no es suficiente ver una obra de arte dentro su contexto, sino que la propia obra de arte puede definir un contexto. Cuando hablamos del influjo de un cuadro en los espacios que le rodean seria imperdonable olvidar la obra de Marc Rotko. Y en nuestro mundo mas cercano a Antoni Tàpies. En uno y otro caso la sala se convierte en un oratorio y el espectador en un filósofo que se interroga por el significado de la vida y la materia.


Este ha sido, yo creo, el propósito de Manuel Ros. Montar una exposición donde quedaran rotos los esquemas de espació expositivo, obra de arte, espectador y creador remoto. Lo curioso y paradójico del caso es que ha decidido luchar contra dicha esquemática concreción utilizando el saber que más delimita y analiza el espacio: la geometría. ¿Como Mondrian? No. Manuel Ros ha ido mas lejos que el holandés. En primer lugar ha prescindido de los colores: ha empleado únicamente los negros, los blancos y los grises, o en todo caso los grises con vocación de azul. Con un rigor granítico La segunda innovación de Manuel Ros ha consistido en pintar también la paredes de la sala donde presenta sus obras, en este caso el Palau Solleric. Son rayas que parecen salir y entrar de los cuadros sin solución de continuidad. El resultado es una especie de laberinto en donde quedan difuminados los limites entre el continente y el contenido, entre los cuadros y las paredes. Pero las mas interesante de Ros es que al modificar los limites entre obra y contexto, también queda modificado el papel del espectador, que se encuentra envuelto en esta trama laberíntica que ha elaborado el artista. Una trama que no produce ningún tipo de desasosiego sino que, por el contrario, provoca una extraña sensación de orden y de paz. Una paz parecida a la que se siente cuando se observa el cielo desde el mar o se pasea por la arena de la playa en dias como los de ahora, cuando ya avizoramos el frío y los colores grises.