Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 7/05/01

 

Pedro Oliver

contemporáneo y apátrida


No se puede impunemente haber tenido como escenario de la juegos infantiles los jardines, la casa e, incluso, el estudio de Joan Miró. Y Pedro Oliver lo tuvo. No se puede impunemente haber obtenido la mayor calificación posible en todos las asignaturas donde podía expresarse mediante el dibujo. Y Pedro Oliver las obtuvo. No se puede impunemente probar de construir —y conseguirlo de forma espléndida— los propios comics cuando se acababa la lectura de los que le habían comprado sus padres. Cuando en un joven concurren estas circunstancias y estas capacidades nadie debe extrañarse de que este individuo decida de forma irrevocable que no quiere otra profesión que la de pintor. O, si ustedes quieren, la de artista, ya que Pedro Oliver, no se limita a trabajar sobre telas sino que aborda también los montajes audiovisuales. En la galería Ferran Cano, en los sótanos, de la misma, se ha dispuesto uno de estos montaje audiovisuales en el que Oliver enseña un vídeo en el que en la pantalla gigante aparecen una rayas rojas y blancas que van modificando su estructura a medida que el observador se acerca o se mueve. La escalera que conduce al sótano es bastante empinada y por eso yo debo recomendarles que las señoras eviten asistir con falda tubo y, si no atienden mis castos consejos, avísenme que yo iré a ver y a echarles una mano.

He dicho que Pedro Oliver es seguramente pintor por causa de Miró. Sin embargo, quien asista a la exposición de Pedro Oliver en la Ferran Cano que no busque un continuador de la obra del de Montroig. Pedro no imita a nadie. Ni siquiera el habitante de Son Abrines. Lo que aprendió Pedro en casa de Miró no es ni más, pero tampoco, ni menos, que a ser pintor y a ser un artista rigurosamente contemporáneo. Ser fiel a sus capacidades, a su vocación y a su tiempo. ¿Cual es la nota que demuestra esta radical contemporaneidad de Pedro Oliver? No es una, sino dos. Y ambas muy claras. En primer lugar Pedro prescinde de cualquier referencia a objetos materiales. Los objetos de los que nos habla Pedro Oliver no son, en absoluto, materiales: son objetos virtuales. Los que ha creado la cultura humana. No hay territorios: hay mapas. Los ratones son Mickey Mouse. Las caras humanas son las que nos presenta el esquematismo de los grafitos. Las manos quieren ser las extremidades a veces dolientes o, a veces, esperanzadas que figuran de los carteles de alguna sociedad benéfica. Son manos como las que dibujan los inexpertos cargados de sentimientos. Manos como un dibujo de tulipán. Y paulatinamente en la obra de Pedro aparece una mayor presencia de temas puramente pictóricos. De preguntas sobre los colores y de cómo se influyen mutuamente los que son contiguos, de discursos sobre lo complicado que hacer un óleo sencillo. De las capas que hay que dar a la pintura y de la mezcla de colores necesaria para aparentar la pureza. Estos problemas pictóricos —esenciales en el oficio— podrá verlos claramente el espectador en media docena de cuadro en los que se trata el tema o el motivo de los topos. Mediante los topos —antes de negros sobre blanco, ahora de rojos sobre negro, el pintor se pregunta —nos pregunta— qué color es el protagonista y cual constituye el fondo el decorado. Nuestra mirada ¿encuentra, en el negro, el hueco, o, más bien, el relieve sobre el rojo? ¿Qué relación tiene con la luz? ¿Es el negro el más luminoso o el más oscuro de los colores? ¿Y qué sería de la luz si no existiera sombras? ¿Por qué —siguen las preguntas— la boca abierta de Mickey Mouse no recuerda tanta a la hoz y martillo de la iconografía comunista?

La segunda característica que hace de Pedro un pintor rigurosamente contemporáneo es que es un apátrida. Lo digo en el mejor sentido. Y no solo para aclarar que Pedro ha renunciado a pintar marinas, payesitas, y olivos milenarios, sino que su pintura puede entenderse sin considerar la influencia de la historia política de España. A diferencia de Tapies, de Saura, de Feito y del propio Barceló, por poner solo unos ejemplos. Pedro podría ser un neoyorquino y vender mejor –me atrevería a decir que mucho mejor— su obra en la actual capital mundial del arte que en Mallorca o España. Sería entendido perfectamente en Londres, en París y en Tokio. Su patria es la pintura.

No, no fue impune al hecho de haber jugado en el jardín de Miró. Pedro Oliver decidió jugarse el pellejo en el intento de explorar los nuevos caminos de la pintura. Yo creo que acertó plenamente. A pesar de la madurez del pintor les puedo asegurar que el baile no ha hecho mas que empezar —Pedro solamente tiene 32 años— y su pintura promete caña, mucha caña. Caña pictórica. No se pierdan la de ahora.