Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 12/04/02

 

Matías Quetglas

la cálida esencia de lo humano


Sala Pelaires

Marzo—Abril 2002



Dicen —a mi no me parece una hipótesis descabellada— que existe una gran diferencia entre el pensamiento clásico y el pensamiento moderno. El pensamiento clásico parte del supuesto de que los sentidos engañan al hombre, son unos sentidos que solo captan la apariencia, pero el pensamiento clásico insiste en que bajo esta apariencia existe una substancia o esencia que es la que define la cosas y que solo puede ser conocida por la inteligencia y el razonamiento de los sabios. El pensamiento moderno, en cambio, parte de otro supuesto. Aquel que cree —y permítanme que lo diga de forma un poco brutal— que solamente podemos hablar de substancia cuando estamos delante un plato de cocido y de esencia, cuando entramos en una perfumería. Que para conocer el mundo no queda otro remedio que fijarse detenidamente en lo que vemos y discutir únicamente de aquellas cosas que podamos captar por los ojos, los oídos, la piel.


Cuando yo vi por primera vez una obra de Matías Quetglas —era un dibujo que se exponía en una colectiva de la Sala Pelaires y que me dejó fuertemente impresionado— Quetglas hacia una pintura con estilo moderno, quiero decir que intentaba relatar con minuciosidad lo que sus sentidos habían captado de la realidad. Se acerca incluso un poco al hiperrealismo. Lo hacía, claro está, con una calidad y un oficio fuera de lo común y por eso pasados más de treinta años todavía me acuerdo. Era un Matías Quetglas muy joven, un hombre que nació en Ciutadella pero que por mor del servicio militar tuvo que trasladarse a Madrid donde encontró algunos maestros, su amor y, pronto, una clientela, razones, cada una de ellas, suficientes para fijar su residencia en la capital de España.


La exposición que ahora he podido ver, en la Sala Pelaires, muestra un Matias Quetglas muy diferente del que vi cuando el y yo éramos joven. Han pasado muchos desde entonces y Matías se ha convertido en lo que en aquellos años prometía ser: uno de los mejores y más cotizados pintores españoles. Ha sido una maduración hecha a través del dominio de la pintura la escultura y el grabado, técnicas, estas dos ultimas, a las que Matías acude cuando se cansa de dar pinceladas y necesita renovar las ideas. Pero estas vías de escape no son meros pasatiempos, y la obra escultórica de Quetglas tiene un fuerza y rotundidad envidiables. Sus grabados, por otra parte, tiene mucha intención como los que hizo para una edición en italiano del Quijote, en donde fue preciso hacer una enorme selección de la vida descrita por Cervantes y representar de forma convincente a dos personajes tan dispares como el Quijote y Sancho Panza que representan, para Matías Quetglas, la ingenuidad y el resabiamiento. El libro fue todo un éxito.


Todo eso es sabido; lo que quizá no ha sido contestado es como se ha producido el cambio en la pintura de Quetglas. Desde aquel Quetglas joven que yo vi un día en la Pelaires al maestro Matías Quetglas de hoy en dia Podríamos decir que uno de los factores de dicha maduración ha sido la independencia de Matías Quetglas que no se ha dejado llevar por las modas; otro ha sido, sin duda, la asimilación de la obra de Antonio López —fue uno de sus jóvenes maestros— Chirico, el Picasso de los años veinte y sobre todo de una obra que nadie, que yo sepa ha señalado: los frescos de Piero della Francesca. Pero para resumir e intentar explicar la citada evolución yo diría que Matías Quetglas ha pasado del realismo moderno de su juventud al figurativismo clásico de su madurez. Ha sido un intento de encontrar, a través de la pintura, la esencia y la substancia del hombre —sería mas justo de la mujer— y de las cálidas relaciones de amor, odio, silencio, comprensión que se generan entre los seres humanos. O de admiración, que es lo que define mi relación con su obra.