Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 5/10/01

 
Ricard Chiang

cruel i desalmado




Los neuropsicólogos, quizá los más creíbles de esa extraña y a veces farsante legión de estudiosos de la mente humana, sostienen que los elementos más definitorios de nuestra personalidad están ya formados a los diez años y que con el tiempo podemos cambiar de opinión, de creencias en, incluso, de equipo de fútbol, pero no de gustos, ni de emociones. Ni tampoco de obsesiones. García Márquez una vez esbozó esta idea y con su maestría habitual afirmó seriamente que a él, a partir de los siete años, no le había pasado nada importante.


En este sentido el caso de Ricard Chiang no es un caso raro. Como todo niño tuvo una infancia en la que los temores, las pesadillas, las incomprensiones abundaron. Como la de casi todos nosotros. El ha confesado que en la mayoría de estas pesadillas que tenia de dormido y, a veces, de despierto, las muñecas de sus hermanas se convertían en seres amenazadores, sórdidos, tenebrosos que le mordían y arañaban. Probablemente tampoco en eso sea raro. A mi tampoco nunca me han gustado demasiado las muñecas y creo que sé la razón: su cara inmutable las hace muy poco humanas. Y, además, si bien se mira quizá no hay cosa mas parecida a un cadáver que una muñeca. Muchos pueblos primitivos interpretan la muerte como una perdida del alma y yo creo que es bien evidente que las muñecas son modelos humanos que no poseen esa cosa tan extraordinaria que en casi todas las culturas se llama alma. Son seres desalmados, las muñecas.


Ya digo todo muy normal en Ricard Chiang. Incluso el odio y el terror a las muñecas Lo que ya no es tan normal es que los terrores y las obsesiones infantiles se conviertan en campo de investigación y que decidas vivir entre ellas Los que somos mas corrientes aplicamos un mecanismo psicológico que es el de olvidar las cosas mas desagradables para retener únicamente los agradables. Los artistas eligen, en cambio, lo que les ha zaherido. Son heridas que al refrescarlas les hacen sentirse mas vivos, más creadores. Es lo que hace Chiang. Yo no sé si Chiang es un hombre compasivo con los demás, pero no lo es consigo mismo y probablemente tampoco lo es con sus clientes. Porque Chiang no ha cerrado ni un milímetro los ojos de la memoria. Como pintor vive obsesivamente con sus terrores y sus desasosiegos infantiles y los analiza y reproduce con un dominio técnico tan asombroso que los hace absolutamente lacerantes e intrigantes. Diría que insoportables.


Porque hay que decir probablemente Chiang sigue fiel a sus obsesiones infantiles, pero a lo que no sigue fiel es a su sabiduría pictórica. Quiero decir que Chiang ha absorbido con los años y con el estudio de forma admirable los trucos de los grandes pintores para hacer mas intensa su capacidad de comunicación con el espectador. Los trucos —la técnica, la mirada— de los maestros medievales que otorgaban a los rostros una intrigante placidez; de los pintores del XVII que creaban la luz a través de los claroscuros; de Constable, Lorrain i Turner que pintaron contra la luz plateada; de los surrealistas que combinaron la objetividad con el absurdo; de los modernos y los expresionistas que decidieron poner la atención lo feo y lo abyecto.


Chiang, ya digo, ha sabido absorber lo mejor de la historia de la pintura, pero en vez de hacer una pintura que gustase a los ricos, ha decidido dedicarse a explorar las emociones y los terrores que le han acompañado desde niño. Fidelidad a la infancia y no al dólar. La sensación de encerramiento opresivo es una constante en la obra de Chiang: sarcófagos, ambiguas monjas de clausura, hornacinas donde se alojan seres crueles y resabiados. Algunos han dicho que en el fondo Chiang es un romántico. Yo lo dudo. Porque yo creo que los románticos son gente descontenta con este mundo porque piensa que podría ser mejor. Que detrás de la época invernal en la que estamos viviendo quizá podamos ver una nueva primavera. Observen ustedes los paisajes de Chiang y díganme si avizoran alguna estación donde predomine el verde. No: son paisajes invernales, donde los arboles están reducidos a su puro esqueleto, donde ha desaparecido cualquier atisbo de vida o posibilidad o de resurrección. Árboles que son puro hueso.


Tengo la impresión de que Chiang como persona es encantador, pero debo decir que como pintor es de una crueldad sin limite. Si fuera menos cruel tendría la amabilidad de pintar regular o mal. Podríamos, así, visitar la exposición de manera rápida y ligera. Pero les debo advertir que si lo intentan no lo conseguirán porque el malvado pintor ejecuta las obras con una perfección técnica tan grande que te obliga a detener y a mirar con toda atención la obra. El resultado es que las imágenes te quedan incrustadas en las neuronas de la memoria y por muchos esfuerzos que uno hagan las evoca durante una larga temporada.