Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 25/07/01

 

Palau Solleric: esculturas de pintores



Las personas mínimamente educadas saben que las palabras que usamos son del todo convencionales. Que son acuerdos sociales de extrema utilidad para intentar describir y ordenar el mundo exterior o interior: la naturaleza o los sentimientos. Las personas mínimamente cultas saben igualmente que no existe una separación radical entre distintas áreas de conocimiento: ¿dónde acaba la bioquímica y dónde empieza la genética? ¿en dónde está la línea divisoria entre la química y la física? ¿qué es lo que diferencia la toxicología de la farmacología? Lo mismo ocurre en el mundo de la literatura. Seguimos hablando de novela, de poesía, de ensayo, de historia, de filosofía para entendernos, no porque pensemos que son géneros esencialmente distintos. Los ejemplos podrían multiplicarse con las razas, la nacionalidades, las religiones. Esta convencionalidad —y la consciencia de esta convencionalidad— ha sido, sin embargo, perfectamente compatible con la grandes revoluciones. No fue preocupación de Newton si su obra debía enmarcarse en la física o en la astronomía, ni de Cervantes saber si escribía novelas de caballerías, costumbrismo, critica social o realismo. Tampoco Marx, ni Joyce, ni Ramón Llull dedicaron grandes esfuerzos a discutir sobre etiquetas. Aceptaron los convencionalismo y su utilidad, y realizaron dentro esta humilde aceptación una obra poderosa, innovadora revolucionaria.


Por esto cansa cuando vuelves a oír aquello de que la separación entre géneros artísticos es una antigualla y que lo “modelno” es la mezcla o la confusión de géneros. Que los géneros son una falsa clasificación. Otra vez a recordar lo que todo el mundo recuerda, otra vez a presentar esta cosa ya tan conocida como si fuera una novedad intelectual, otra vez a perder el tiempo miserablemente.


No era difícil pronosticar que esta martingala —la de que no existen realmente géneros y si existen son antiguos— sería el comentario fácil y pretendidamente “revolucionario” que arrojarían contra la exposición que actualmente se muestra en el palau Solleric. ¡Ah, si los pronósticos de la carreras de caballos fuesen tan fáciles de hacer, como predecir las reacciones de los críticos!


Creo que no hay que perder más tiempo en discusiones nominalistas y estériles. Ni dedicar más espacio a los que necesitan demostrar e incluso demostrarse que están permanentemente en la vanguardia. Hay que decir únicamente que la exposición que se titula “Escultures de pintor” es un pretexto —un pretexto convencional pero tan válido como cualquier otro— para mostrar obra de tres dimensiones de artistas que dedican buena parte de su tiempo a las dos dimensiones. Lo que hay que averiguar —ésta es la pregunta— si lo que allí se exhibe es nuevo y conmueve tanto o mas que las aburridísimas exposiciones de los artistas que se creen como revolucionarios porque ponen velos, humos y ruidos de gong en unas instalaciones que parecen hechas por oligofrénicos narcisistas. Y la respuesta a la pregunta es positiva. Muy positiva. La obra presentada por Rafael Amengual, Joan Bennàssar, Miquel Brunet, Maria Carbonero, Rafa Forteza, Mercedens Laguens, Eugenio Lopez, Pep Llambias, Joan March, Francesca Marti, Teresa Matas, Menendez Rojas, Guillem Nadal, Maties Quetglas, Alceu Ribero, Joan Miquel Ramírez, Bernadi Roig, Antonio Socias y Tomeu Ventayol es una obra en tres dimensiones hecha con rigurosidad, con ingenio, con dosis elevada de inteligencia. Una obra exportable en cualquier lugar de Europa.


De la exposición yo destacaría dos obras. Son las que corresponden a los dos artistas mas viejos: Miquel Brunet y Alceu Ribeiro. No es únicamente su condición de “seniors” lo que motiva mi elección, sino su admirable fidelidad. Fidelidad a lo que son, a su tierra, a sus maestros. Brunet es un “manacorí” o “manacorer” que sabe que tierra pisa. Ha elaborado un bronce que parece extraído del subsuelo de Manacor, como si fuera un legado del arte romano o púnico. Brunet presenta un caballo y una mujer, dos criaturas tan admirables como enigmáticas, sin las cuales no valdría la pena vivir. Alceu Riberio da una gran lección, y, fiel a su trayectoria, nos presenta unas maderas típicas con unos colores sencillos que muestran cómo los colores introducen racionalidad a la geometría o, si se quiere, cómo la geometría está cargada de sentimientos. Lo hace con una extremada rigurosidad, con aparente sencillez, con ritmo, con austeridad, con suma elegancia. Y lo hace discretamente, en silencio. Sin ninguna de las algarabías a la que tan aficionados son los que se definen —se autodefinen, ay— como artistas totales. ¡Qué pesados con sus gritos!